Siria: barbarie interna, barbarie regional
Con el recuerdo fresco del ataque efectuado por el ejército israelí
el pasado miércoles contra un centro de investigación militar en la frontera
sirio-libanesa –que arrojó un saldo de dos muertos y cinco heridos–, diversos
medios internacionales –la revista estadunidense Time, el rotativo
británico The Times y la prensa israelí– difundieron ayer que Estados
Unidos dio
luz verdeal régimen de Tel Aviv para realizar ese tipo de incursiones militares en territorio sirio, con el supuesto fin de impedir el flujo de armas a grupos combatientes en el conflicto que ha ensangrentado la nación levantina desde hace dos años, y que ha cobrado cerca de 70 mil muertos.
Dicha información da cuenta, en primer lugar, de una escalada indeseable y
peligrosa en la intervención que Washington y sus aliados han venido
desarrollando en el conflicto sirio: según puede verse, dicha intromisión ha
pasado de las acciones veladas de desestabilización en contra de un régimen –el
encabezado por Bashar Assad– al apoyo explícito de las acciones bélicas en
contra de un Estado soberano. La perspectiva es tanto más desoladora si se toma
en cuenta que entre Tel Aviv y Damasco persiste un estado de guerra formal, cuya
resolución ha quedado pendiente ante la ausencia de un tratado de paz entre
ellos y ante la negativa del primero a devolver a Siria los Altos del Golán
–ilegalmente ocupados desde la Guerra de los Seis Días– en los términos de las
resoluciones 242 y 497 del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones
Unidas.
Con el telón de fondo de la debilidad que padece el gobierno de Assad, y de
la creciente pérdida de contrapesos regionales al gobierno de Tel Aviv, el
respaldo de Washington al belicismo israelí podría sembrar en las autoridades
del Estado hebreo la falsa impresión de que es el momento propicio para
emprender una guerra regional que les ayude a reconfigurar, a su gusto y
conveniencia, el tablero geopolítico de Oriente Próximo.
Ahora bien, aun si el gobierno de Damasco –acorralado en el frente interno–
fuera incapaz de hacer frente a una eventual agresión israelí, no puede
desestimarse que semejante cruzada bélica enfrentaría la resistencia de los
aliados regionales de Assad, empezando por el gobierno de Irán y por la milicia
libanesa Hezbolá. El saldo de una intervención militar de Tel Aviv en Siria
sería, pues, obligadamente desolador y trágico para todos los involucrados, por
cuanto multiplicaría el número de muertos en la nación árabe, llevaría a una
escala internacional la barbarie que se desarrolla en Siria y acabaría por
provocar bajas –tanto de combatientes como de civiles– en todos los frentes.
Ante los indicios de que Estados Unidos alienta la posibilidad de un
derramamiento de sangre mayor en Siria y en la región, es necesario que los
integrantes del Consejo de Seguridad de la ONU exijan contención y prudencia a
los halcones de Washington y de Tel Aviv.
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