miércoles, 31 de enero de 2018

Del neogolpismo democrático
José Steinsleger
 
Fin del ciclo progresista, restauración conservadora, guerra jurídica en América Latina. Me temo que las polémicas que suscitan tales premisas, empiezan a desbordar sus marcos teóricos.
Apretadas en un solo puño, las plutocracias que en nuestros países responden al one percent y el poder mediático global, parecen decididas a llevarse puesta todas las formas y fórmulas democráticas concebidas en 200 años de luchas políticas.
En Argentina, implacable acoso judicial contra Cristina Fernández de Kirchner. En Brasil, golpe parlamentario contra Dilma Rousseff y prisión para Lula. En Honduras, enésimo fraude electoral. En Ecuador, una consulta política para liquidar a Rafael Correa. Y en México, un candidato presidencial favorito asesorado, como no, por Vladimir Putin. Frente al indomable devaneo teórico de las izquierdas, la hoja de ruta de las derechas responde a un solo patrón harto pragmático, sostenido en tres patas: 1) judicialización de la política; 2) humillación y descrédito de los estadistas que movieron a sus pueblos, y 3) criminalización de la oposición y líderes populares.
Primer botón de muestra:
–¿El departamento es suyo?
–No.
–¿Seguro?
–Seguro.
–¿Ni un poquito?
–No.
–¿Niega que es suyo?
–Lo niego.
–¿Cuándo lo compró?
–Nunca.
–¿Cuánto le costó?
–Nada.
–¿Desde cuándo lo tiene?
–Desde nunca.
–O sea que no es suyo
–No.
–¿Está seguro?
–Lo estoy.
–¿Por qué eligió ese departamento y no otro?
–No lo elegí.
–¿Lo eligió su mujer?
–No.
–¿Entonces por qué lo compró?
–No lo compré.
–Se lo regalaron.
–No.
–¿Y cómo lo consiguió?
–No es mío.
–¿Niega que sea suyo?
–Ya se lo dije.
–Lo niega.

–Lo niego. Señor juez: ¿usted tiene alguna prueba de que el departamento sea mío, de que yo haya vivido ahí, de que haya pasado ahí alguna noche, de que mi familia se haya mudado? ¿Tiene algún contrato, una firma mía, un recibo, una transferencia bancaria, algo?
–No. Por eso le pregunto.
El lector atento se preguntará si acaso se nos traspapeló algún diálogo del llamado teatro del absurdo, de Eugene Ionesco, o del teatro de la crueldad, de Antonin Artaud, o algún pasaje de humor negro de André Breton, teórico del surrealismo. Negativo. El diálogo de marras es parte del interrogatorio de un juez de la esclavocracia brasileña (Sergio Moro), a un líder de masas elegido en dos ocasiones presidente de la quinta potencia económica mundial (2003-10), miembro fundador del PT (Partido de los Trabajadores), estadista admirado y respetado en los cinco continentes, y que se retiró con 80 por ciento de aprobación tras paliar el hambre de 52 millones de personas: Lula da Silva.
Cínicos, abstenerse. Porque si la forma de entender la justicia del juez Moro suena típicamente tropical, habrá que poner las barbas en remojo. ¿O el mundo civilizado no anda de hinojos frente a un emperador que se califica de genio muy estable y asegura no ser racista al tiempo de preguntar por qué Estados Unidos recibe a personas de países de mierda?
Segundo botón: la consulta nacional que tendrá lugar el domingo próximo en Ecuador, urdida por el presidente Lenín Moreno para acabar democráticamente con Rafael Correa. Un caso singular y distinto al de gobernantes oligarcas como Mauricio Macri o Michel Temer, pues Moreno resultó ser el Judas de la revolución ciudadana impulsada por Correa.
Vicepresidente del país andino durante los primeros años de Correa, (2007-13), Moreno había cultivado buena imagen, impulsando políticas sociales sin precedente frente a las personas con discapacidades. A finales de 2013, fue nombrado por Ban Ki-moon enviado especial del secretario general de las Naciones Unidas sobre Discapacidad y Accesibilidad, y en 2017 se presentó como candidato del movimiento oficialista Alianza-País, ganando la contienda en balotaje con 51.6 por ciento de los votos. Sin embargo, en pocos meses de gestión, Moreno pegó un viraje político con el pretexto de conciliar con los enemigos de Correa, ubicados a la izquierda y derecha del arco ideológico.
El conocido escritor ecuatoriano Jaime Galarza, asimiló el caso de Moreno a la traición de Leónidas Plaza Gutiérrez, encumbrado en 1901 por Eloy Alfaro, líder de la primera revolución liberal de América Latina (1895).
Escribe Galarza: amarrado por matrimonio de conveniencia a los terratenientes antialfaristas de Quito, reptando silenciosamente en conventos y casas ricas, el hábil conspirador fue juntando amigos y testaferros, engañando a ingenuos y honestos militares, utilizando los mecanismos de los medios privados, hasta armar la caída del Viejo Luchador y sus compañeros de armas.
En enero de 1912, Alfaro terminó encarcelado y asesinado, siendo su cadáver arrastrado por turbas azuzadas por liberales y conservadores, que finalmente lo quemaron en un parque central de Quito. Un destino, que no necesariamente sea el que aguarde a Correa, aunque sí el de persecución judicial y encarcelamiento en caso de perder la consulta del 4 de febrero entrante. Después de todo, el presidente Moreno es autor de libros optimistas y de autoayuda, como Teoría y práctica del humor, Ser feliz es fácil y divertido y Los mejores chistes del mundo.

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