domingo, 16 de diciembre de 2012

Mar de Historias
¿No me da mi Navidad?
Cristina Pacheco
Salvo el que le tomaron en su primer cumpleaños, no tenemos un retrato en donde mi hermano Guillermo aparezca solo. La razón es que nunca a nadie se le ocurrió hacerlo posar ante la cámara del estudio Minerva, adonde acudíamos todos los miembros de la familia para tener constancia de un bautizo, unos 15 años, una boda o alguna graduación. La verdad, son escasos los profesionistas entre nosotros. Los pocos que tienen cédula de ingeniero o doctor alcanzaron sus títulos después de haberse pasado un buen tiempo en calidad de fósiles.
El estudio Minerva era muy pequeño. Una sábana blanca puesta a manera de telón lo dividía en dos. Cuando al fin el maestro Filiberto encontraba el ángulo y la luz más favorecedores para su modelo aparecía Chema, su ayudante. Era un tipo de cabello pintado muy negro y ojos saltones que siempre comía caramelos. Con el hábil movimiento de su lengua los pasaba de un carrillo a otro hasta que al fin los hacía pedazos entre las muelas. Su avidez iba acompañada por un sonido de papel arrugado o vidrios rotos. ¡Crash!
La función de Chema consistía en agitar un canario disecado (apenas ave y ya poco amarillo) el tiempo necesario para arrancarle una sonrisa a quien permaneciera frente a la cámara rígido y aleccionado para no parpadear en el segundo deslumbrante del flashazo.
II
Si no guardamos retratos en los que Guillermo fuera protagonista, en cambio abundan las fotografías familiares en las que aparece junto a alguien o mejor dicho detrás de alguien. Su posición permite ver algo de su cara y de aquella mirada alegre del lado derecho y opaca del izquierdo. La causante de ese efecto era una membrana que hacía descender su párpado inferior y le daba a Memo la expresión triste de un viejo fatigado.
De su primera etapa estudiantil quedan de Guillermo tres o cuatro fotos. Corresponden a otras tantas participaciones en los festivales escolares. Recuerdo que aceptó presentarse en público de muy mala gana y sólo porque mi madre le decía que de no hacerlo iban a reprobarlo. En el fondo ella sólo deseaba que Guillermo venciera su timidez, que se aceptara porque después de todo su defecto no era nada del otro mundo.
En las pocas ocasiones en que la familia se reunía no faltaba a quien se le ocurriera que nos pusiéramos a ver el álbum familiar. Hojeándolo, hacíamos memoria de ciertas anécdotas, de hechos que considerábamos sobresalientes, de momentos únicos que podían repetirse cuantas veces abriéramos nuestro álbum.
El único que no se divertía con nuestras nostálgicas sesiones era Memo. Lo avergonzaban las fotos en donde aparece a los siete años disfrazado de chinaco y a los nueve bailando el Jarabe Tapatío vestido de charro y con un sombrero de ala tan grande que le oculta la cara.
III
Hasta la fecha nadie se atreve a confesarlo, pero todos en la familia sabemos que el lugar y las condiciones en que mi hermano Guillermo fue retratado se deben a que era un niño feo. Consciente de eso, él aceptaba como algo natural su posición en segundo plano durante todo el año, excepto en diciembre.
Quien se encargaba de ponerlo en un sitio estelar era mi tío Jairo. Hasta hace nueve años que se fue a Cancún, él siempre vivió en esta colonia. Llegó aquí con mi abuela, quien lo crió, mucho antes que nosotros. Tomado, le gustaba platicarnos de cómo se había ido poblando el rumbo hasta convertirse en una inmensa mancha de casas desiguales, frágiles, pardas, sin sombra de árboles.
Mi tío Jairo se enorgullecía de saber de memoria los nombres de las calles y los apellidos de todos los colonos. A muchos los trataba confianzudo porque desde niño había trabajado con ellos en calidad de mozo, jardinero, albañil, chofer, repartidor.
De esa etapa le quedó nada más una motocicleta roja y destartalada con la que hacía malabarismos los domingos y entraba en competencias. En una de esas tuvo un accidente. Resultó muy herido y salió vivo de milagro. Para agradecérselo a la Virgen de Guadalupe le prometió que sólo usaría la motocicleta en diciembre.
No olvido el entusiasmo con que pulía y adornaba la moto con motivos navideños para recorrer las calles en donde vivían, y siguen viviendo, muchos de sus viejos conocidos. Lo llamaban por su nombre, Jairo y hasta Jairito, y él se dirigía a ellos bajo el término de patrón, aunque hiciera mucho tiempo que no les trabajaba.
A pesar de que en tantos años no hemos tenido noticias suyas, estoy segura de que mi tío Jairo aún vive. En tal caso no dudo que recuerde aquellos diciembres en que por dos semanas abandonaba su puesto de velador para hacer sus recorridos por la colonia con mi hermano sentado en la parte delantera de la motocicleta.
Por supuesto, los demás sobrinos de Jairo queríamos que él nos tomara por acompañantes, pero nos rechazaba. Ante nuestra insistencia él volvía a explicarnos –no sin cierto cinismo– el motivo de su predilección por Guillermo. Desde principios de diciembre aparecían en las calles niños, familias, barrenderos, repartidores, carteros, sastres, músicos, operarios que iban de casa en casa pidiendo su Navidad.
Ante tan abundante competencia mi tío Jairo necesitaba sobresalir. No encontró mejor forma que valerse de Guillermo. Estaba seguro de que él, con su carita pálida y su ojo gacho, despertaría la generosidad de las personas ante las que Jairo recitaba su frase decembrina adornada con una sonrisa beatífica y humilde: ¿No me da mi Navidad, patrón?
Agotado el itinerario del día y ya de vuelta en casa, Jairo sacaba de sus bolsillos las aportaciones navideñas de sus antiguos empleadores y le ofrecía a mi hermano una tercera parte de lo recolectado. Ese dinero reforzaba la posición sobresaliente de Guillermo: de todos los niños en la familia era el único en condiciones de comprarse juguetes, dulces o ir al cine. Por eso lo veíamos como a un ser superior y lo envidiábamos.
Ante sus ganancias perdía importancia el hecho de que cada uno de nosotros tuviera un buen número de fotos en donde aparecíamos solos, bonitos, risueños, mirando hacia la cámara mientras Chema agitaba aquel pobre canario disecado: cada año menos ave y ya poco amarillo.
Antes de irse a Cancún, Jairo saldó su deuda con un mecánico entregándole su motocicleta. Sigue en venta, aunque ya no pasa de ser un montón de fierros que conservan algo del color rojo.

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