La ocupación militar de Río de Janeiro
Eric Nepomuceno
Hace poco más
de tres meses, afirmé en este espacio que la situación de violencia en
mi ciudad, Río de Janeiro, era asustadora. Escribí que el Estado tenía
un gobernador inepto y omiso, que la clase política estaba ahogada en
corrupción, que la alianza entre narcotraficantes y policías estaba
plenamente establecida, que había diputados estatales que dependían
directa o indirectamente de los cárteles que controlaban vastas
extensiones territoriales de la ciudad. Y afirmé que todo indicaba que
la única salida sería una intervención federal, pero que tal medida era
impensable para un gobierno nacional que, además de ser rechazado por 90
por ciento de la opinión pública, también estaba plagado de corruptos.
Bueno: en el Brasil de hoy, nada es impensable, y lo acaba de
comprobar Michel Temer, el presidente ilegítimo que integra el más
formidable grupo de bandoleros que forman un gobierno en la historia de
la República. Hace poco más de una semana, determinó una intervención
militar en Río de Janeiro. Eso significa que todo el aparato de
seguridad del Estado –policía judicial, policía militar, sistema
carcelario y hasta el cuerpo de bomberos– está bajo el comando de un
general del Ejército, Walter Braga Netto, quien, a su vez, no se
reportará al inútil gobernador Luis Fernando Pezão, sino directamente al
ministro de Defensa, Raul Jungmann.Sin embargo, hay mucho por detrás de la medida decretada por Temer. Teóricamente, se intervino solamente en lo que se refiere a seguridad pública, pero la verdad es más amplia: se trata de una jugada de altísimo riesgo. Basta con recordar que a lo largo de los últimos nueve años y medio, las fuerzas armadas, en especial el Ejército, intervinieron 12 veces en Río, especialmente en la capital. Pero lo hicieron siempre en situaciones puntuales, a pedidos del gobernador de turno y siempre en conjunto con las fuerzas locales de seguridad.
Los resultados han sido ínfimos y las acciones dejaron, principalmente entre los moradores de las favelas, un sentimiento –muy justificado– de violencia y humillación.
Ahora, al nombrar un general como interventor en todo lo que se refiere a la seguridad pública, Temer abre espacio para que Braga Netto pueda nombrar, cesar, alterar o lo que quiera en toda la estructura de personal de seguridad pública. El general ya determinó acciones de represión en los bastiones del narcotráfico, que controla prácticamente todas las favelas donde viven más de un millón de habitantes. Las escenas de humillación pasaron a ser parte del cotidiano: niños tienen sus mochilas escolares revisadas y los moradores son fotografiados al salir para el trabajo.
La segunda más rica y poblada provincia brasileña, y
principalmente su capital, especie de vidriera del país a los ojos del
mundo, vive, concretamente, bajo intervención militar.
Es una medida inédita, de especial gravedad y que seguramente será de
escasísima utilidad. Los soldados del ejército son entrenados para
combatir enemigos, no para investigar y efectuar prisiones. Eso, para no
mencionar que en su abrumadora mayoría desconocen no sólo la ciudad de
Río, sino también los callejones y vericuetos de los cerros controlados
por pandillas muy bien armadas y que poco o nada tienen que perder.
Prácticamente en unísono, los más prestigiados y respetados
estudiosos del tema de la seguridad pública en Río se manifestaron de
manera contundente contra la iniciativa de Temer. Dicen que se trata de
otro paso más en la dirección de siempre: se sacraliza el mito de que la
solución pasa por el ejército, y que la militarización es la salida.
¿Por qué, entonces, la intervención militar?
Para empezar, por la visibilidad y por la campaña incesante de los
grandes medios de comunicación, otra vez con TV Globo a la cabeza. Ahora
mismo, durante el carnaval, la emisora mostró la alegría de la fiesta
en todas las capitales del país, pero cuando se trató de Río, las
imágenes repetidas infinitamente eran de violencia.
Y, además, porque Temer calculó que, al adoptar una medida que
agradara a las clases medias y con impacto en los sectores más
conservadores del país, podrá provocar algún aumento en su nula
popularidad. Y, por fin, una razón concreta: mientras haya alguna
intervención federal donde sea en el país, ninguna enmienda
constitucional podrá ser aprobada en el Congreso.
En el fondo, de eso se trata: la tenebrosa reforma del sistema de
jubilaciones y pensiones defendida a hierro y fuego por Temer y los
dueños del capital no podrá ser votada en el Congreso. O, mejor dicho,
no podrá ser derrotada como fatalmente ocurriría.
Temer se libra de un tema impopular y busca darle algún brillo a su
más que opaca figura. Abre espacio para presentarse a la relección.
Lo que quizá no sepa es que en realidad puso las dos manos en el
fuego. Cuando ocurra algún enfrentamiento y las balas perdidas alcancen
algún inocente, o cuando mueran militares, ¿qué pasará?
Y más: los que serán agredidos y humillados por su iniciativa no
serán los traficantes, sino los moradores ya abandonados de las favelas
que, a propósito, también son electores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario