ARCHIVOS PARLANCHINES: Emperador del mundo
Escrito por
Orlando Carrió/Especial para CubaSí
Don Antonio Álvarez
La Habana de 1952 tiene un gran estadista en sus calles. Se trata de
don Antonio Álvarez, Valeriano I, Su Majestad, Emperador del mundo, un
negro viejo y andrajoso, vestido a la usanza militar, con el pecho lleno
de medallas...
La Habana de 1952 tiene un gran estadista en sus calles. Se trata de
don Antonio Álvarez, Valeriano I, Su Majestad, Emperador del mundo, un
negro viejo y andrajoso, vestido a la usanza militar, con el pecho lleno
de medallas y un proyecto rimbombante de rescate de la ciudadanía
dándole vueltas en su cabeza.
Cliente habitual de la Acera del Louvre, el Teatro Martí, la calle
San Rafael y los alrededores del Parque de la Fraternidad, don Antonio,
radicado en una vieja casita de la calle San Miguel, se da el lujo de
vivir en un planeta distinto, fabulario, donde no falta ese romanticismo
quijotesco que atrae y saca del tedio a muchos. A pesar de esto, su
aire marcial y severidad espartana causan poco respeto en los
transeúntes y, lamentablemente, provocan también las bromas pesadas de
la chiquillada, siempre al acecho de los espectros de la calle.
Según Ángel Miolán, de Bohemia, quien se atreve a entrevistarlo en
1952, este descendiente de africano nace en la ciudad oriental de
Manzanillo, en 1881, y cuando aún era un mocetón, toma parte en la
Guerra de 1895, bajo las órdenes del mayor general Mario García Menocal,
de triste recordación como posterior presidente de la nación. Aunque,
al finalizar la contienda bélica, se niega a aceptar el estatus de
veterano pensionista, ya que «no fui a defender mi patria por interés,
sino por patriotismo». Más tarde, sin un empleo fijo y con poco que
hacer con su vida, se marcha en los años treinta a Etiopía, donde
combate contra las tropas fascistas italianas de Benito Mussolini.
Hasta aquí la hoja de servicios de don Antonio no muestra ningún
detalle extraordinario que justifique sus singulares colgaderas. Ello,
sin embargo, no desanima a Miolán, y mucho menos a su fotógrafo Amador
Vales, quienes, al tratar de impedir el naufragio de la interviú,
asisten a un espectáculo único. De repente, el anciano sale de su
aburrido letargo, lanza un colosal alarido y realiza un saludo militar:
«Salí vencedor frente al Duce Mussolini y por este motivo me llamaron
del Gabinete de la Guerra. Acto seguido, me convocaron a una Comisión
Tecnológica de la Liga de las Naciones para que me examinara
rigurosamente a ver si tenía la capacidad intelectual para administrar
la beligerancia mundial. Salí triunfante ante los sabios (…)
confiriéndome los lauros habidos y por haber (...)».
A partir de ese momento, el septuagenario comienza a enumerar sus
cargos, da fe una por una de sus insignias, empezando por el retrato que
le obsequiara una bella faquiresa lista para su ayuno, y anuncia, ante
la incredulidad de todos, que tomará el control del Parlamento Federal
Mundial el 10 de octubre de ese mismo año durante una ceremonia a
efectuarse en el habanero Campamento Militar de Columbia (su atractivo
uniforme y las botas charoladas están, según él, en exhibición en una de
las vitrinas del Hotel Nacional).
«Con respecto a las medidas que contiene mi Plan para la Salvación,
son estas: en primer término, abrir nuevos empleos, con grandes sueldos
(...). En segundo lugar, eliminar la mayor parte de los vicios que
corrompen la masa encefálica de la humanidad. ¡Hay que meter en el
hormiguero a los hijos de la mala madre! En cuanto a Cuba, le puedo
contestar de una manera categórica que la salvación de este país estriba
en que haya un gobierno neutral, sin apasionamientos, que sepa guiar a
la nación sin sables ni caballos que relinchan hasta de noche».
Sorprendido ante tal sinrazón, el reportero se atreve,
cautelosamente, a ponerle peros a lo dicho por don Antonio, sin lograr
el menor efecto. Este no abandona su ego de ángel redentor, ni en el
respiro del cafecito: «Como seres humanos, tenemos el deber de convivir
como tales, no como perros y gatos. Esto es, carajo, con decencia y
buena educación cristiana. No comamos más catibía».

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