El desafío catalán
¿República de Cataluña y ahora qué?
Marcos Roitman Rosenmann
Miles de personas festejan en la plaza de San JaimeFoto Jair Cabrera
Para unos, los
más entusiastas, representantes de la Candidatura de Unidad Popular
(CUP), patrocinadores de la propuesta, la proclamación de la república
catalana es un proceso revolucionario, un acto constituyente que
arrastra a todo el nacionalismo catalán, uniendo de forma inesperada a
republicanos de derecha, democristianos, liberales, conservadores,
progresistas e independentistas. ¿Cómo han llegado a tal conclusión? No
hay mucho análisis, sólo una afirmación. Para la CUP, la decisión del
Parlamento pone en entredicho el poder del Estado. Es el momento de
alzarse contra la Corona haciendo trizas el régimen de 1978. Una
oportunidad que no debe desaprovecharse. En esta perspectiva, el pueblo
español se lanzaría a las calles de forma pacífica exigiendo un nuevo
orden constitucional, producto de la crisis económica, la corrupción, el
desempleo, el trabajo basura, las privatizaciones y el empobrecimiento
generalizado de la clase media. Premisa grandilocuente para un estado de
ánimo que se hizo carne en las elecciones generales y autonómicas de
2015 y 2016, donde entran en escena fuerzas emergentes. En Cataluña,
Podemos, Ciudadanos e izquierda anticapitalista canalizan la
regeneración política, entran en el Parlamento y los ayuntamientos. La
derecha nacionalista se divide, CiU se rompe. El caso Puyol, los cobros
irregulares merman la legitimidad del nacionalismo, el plan
independentista cubre las vergüenzas y desvía la atención. Para la
derecha nacionalista catalana es una salida a corto plazo, cree
controlar la situación. Madrid nos roba. Discurso primitivo, pero
efectivo, cohesiona. Han sido años de atizar el fuego.
En principio, pocos son los adeptos al plan independentista, más bien
lo instrumentalizan para ganar posiciones. La izquierda se divide, unos
se unen al carro constitucional, sea por necesidad o convicción, otros
aceptan el envite. Hay un acuerdo de base, pedir un referendo de
autodeterminación. Votar. En Madrid, se le resta importancia. Los
problemas no están en Cataluña. El Partido Popular (PP) se encuentra
atascado en su corrupción, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE)
inmerso en una crisis de identidad, Izquierda Unida se torna irrelevante
y Ciudadanos le roba espacio al PP.En estos casos, frente al discurso independentista, nada mejor que enarbolar los rituales patrios, los símbolos, el valor de la lengua, la indivisibilidad del territorio. Ya no son los fantasmas de la guerra civil, eso es pasado, ahora se agita el fantasma de la secesión. Unos y otros se enfrascan en un sinsentido donde el diálogo y la negociación se frustran por incompetencia de unos y otros. El PP, atado a un relato excluyente, se presenta como el reservorio de la nación, garante de la democracia, las libertades públicas, el orden político y la defensa territorial. Desde el primero de octubre han presionado a empresarios, amenazado y exigido el pago de los atrasos a la seguridad social si no abandonan Cataluña. La Corona ejerce su influencia, pide el cierre de Seat y el despido de sus trabajadores. Una campaña desestabilizadora, en la cual la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) sigue el juego. Cientos de empresas son las afectadas por chantaje del Estado. Cataluña debe quedar reducida a la nada. El miedo como arma política emerge en la escena.
Euforia en BarcelonaFoto Afp
La proclamación de la república es el fracaso de la política,
resultado de múltiples desatinos, un brindis al sol, cuyas consecuencias
son imprevisibles. Supone el inicio de una ola de recortes
democráticos. Se abre un periodo represivo y restaurador. Un momento
dulce para el PP, que junto a Ciudadanos y el PSOE ha liderado la
aplicación del artículo 155, proclamando el estado de excepción en
Cataluña. La destitución de su presidente y consejeros, junto al jefe de
policía, es el comienzo de la aplanadora conservadora, encubierta bajo
el pretexto de restablecer el orden constitucional. El gobierno del PP
ejerce un control absoluto en las instituciones autonómicas, anula las
competencias de seguridad, educación, salud, justicia, seguridad,
etcétera. Igualmente, la convocatoria de elecciones anunciadas por el
gobierno de Mariano Rajoy, para el 21 de diciembre, genera más
incertidumbre y se antojan conflictivas. ¿Aplicará la ley de partidos?
Sea o no esta la opción, la persecución política se atisba en el
horizonte. Acusaciones de sedición, inhabilitaciones, listas impugnadas,
llenarán los tribunales. Una situación sin precedente para la monarquía
reinstalada en 1975 y refrendada en la Constitución de 1978. Nada será
igual, resentimiento, odios y fractura social, ese es el resultado de un
proceso espurio alejado de la propuesta inicial de referendo.
El Parlamento declara su independencia, rompe amarras con el Estado
español. Ahora es una república independiente, abre un proceso
constituyente. Victoria pírrica. La república catalana nace muerta. Los
sindicatos Comisiones Obreras (CC.OO) y Unión General de Trabajadores
(UGT), la patronal representada en la CEOE, las pequeñas y medianas
empresas, las fuerzas políticas parlamentarias que apoyaron la
celebración de un referendo con condiciones, como Podemos, Izquierda
Unida contrarias a la aplicación del artículo 155 de la Constitución,
impugnan la declaración de independencia. La sociedad internacional se
pronuncia en la misma dirección. Rajoy y el PP se frotan las manos, su
prestigio crece dentro de esta España rancia que llena los balcones,
pueblos y ciudades en un acto poco espontáneo, con la bandera roja y
gualda, símbolo de unidad de la patria y sentimiento de odio hacia los
catalanes. La derecha puede estar contenta, tiene motivos, España, una,
grande y libre.
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