Mar de historias
Volver a empezar
Cristina Pacheco
▲ Bailes tradicionales de las diferentes etnias de México, grupos
musicales, cantantes, compositores y coros se presentaron en la
celebración cultural para dar inicio a la Cuarta Transformación, en la
Plaza de la Constitución en Ciudad de México.
Foto Cristina Rodríguez
Aunque la experiencia nos era
familiar, aquella noche previa a la nueva marcha nadie durmió. Durante
los últimos años nos habíamos mudado infinidad de veces por causas
ajenas a nuestra voluntad: desde el exorbitante aumento de la renta o el
excesivo retraso en el pago de las mensualidades, hasta la venta del
edificio en donde alquilábamos un departamento.
El cambio que estábamos a punto de emprender, a diferencia de los
anteriores, había sido el resultado de una elección. Cosa rara,
pasábamos por una buena racha. Mis padres pensaron que debían
aprovecharla para mejorar nuestras condiciones de vida llevándonos a
vivir a una nueva colonia en donde edificios de tres o cuatro pisos
suplían a las vecindades, los supermercados a los mercados y las tiendas
de ultramarinos a las misceláneas con nombres simpáticos: El pilón, El medio kilo, Las dos comadres, Los chonchos y La resbalosa.
Me doy cuenta de que aquellos pequeños establecimientos eran mucho
más que comercios: nuestra tabla de salvación en los momentos de penuria
(nos daban crédito) y centros sociales para las amas de casa: mientras
conversaban con sus amigas podían vigilar desde allí los juegos
callejeros de sus hijos.
Como todos los muebles estaban ya en el que sería nuestro nuevo
domicilio, la noche anterior al cambio nos acostamos sobre colchas
tendidas en el piso. Afrontamos la incomodidad con la misma emoción que
si estuviéramos acampando bajo un cielo estrellado. La radio, único
aparato disponible, permaneció sintonizada en la frecuencia a través de
la que a diario oíamos radionovelas, concursos y programas musicales
estelarizados por los crooners de moda y las grandes bandas.
II
Estábamos advertidos de que saldríamos de la vivienda muy
temprano, según dijeron mis padres para ganar tiempo; pero más bien
creo que eligieron ese horario para evitarnos la despedida de nuestros
vecinos. Habíamos convivido con ellos durante años, desde antes de que
naciera mi primo Alonso y de que mi hermana Nelly se vistiera de largo
para hacer su primera comunión. Testigos de nuestros pequeños logros –la
compra de un cochecito Dodge o el único viaje a la playa– nuestros
vecinos habían hecho suyos los momentos significativos para nosotros:
por ejemplo el día en que despedimos al primo Claudio porque se iba a un
seminario de Montreal.
Meses después de que Claudio se fue, don Alfonso, el vecino del l3,
conservó el mapa en donde tenía señalada con un círculo rojo la ciudad
canadiense en donde iba a residir mi primo, admirado por su habilidad
para tocar la guitarra y por la abnegación con que atendía a Jobita, su
madre alcohólica.
III
Entendíamos que la mudanza temprana demandaba de nuestros
mejores esfuerzos; sin embargo, insisto, aquella última noche en
nuestra vivienda nadie durmió. Nos concentramos en los rumores externos,
conversamos en voz baja, hicimos recuerdos de cuanto nos había sucedido
en la vivienda 8 de una vecindad marcada con el número 75: una de las
muchas del barrio y sin embargo para nosotros única, la mejor.
Ubicada entre el asilo y la cantina, concentraba la vida de 32
familias, algunas de ellas desavenidas, que en cierta forma se volvieron
una extensión de la nuestra. Después de que salimos del barrio, con
frecuencia recordábamos nuestra convivencia con ellas y las reuniones
con motivo de cumpleaños, bodas, graduaciones o fechas tan especiales
como la Navidad y el Año Nuevo.
Antes de firmar el contrato de alquiler del departamento en la
colonia nueva, mis padres nos llevaron, a mis hermanos y a mí, a
conocerlo; después fuimos a visitarlo dos o tres veces más con el resto
de la familia. Desierto, con las paredes pintadas de color ostión –lo
contrario al amarillo canario al que estábamos acostumbrados– y los
techos altos, parecía inmenso, imposible de llenar; sin embargo pronto
nos resultó insuficiente.
Antes de que llegáramos a esa conclusión tuvieron que pasar muchas
cosas: el cambio de los abuelos maternos a nuestra casa, la renuncia de
Claudio al sacerdocio, el ingreso de mi hermana Nelly a la Normal, el
accidente de Alfonso, la boda de mi tía Irma con Octavio (su maestro de
dibujo) y el nacimiento de su primer hijo.
Lo bautizaron con el nombre de Teodoro Belisario. Por desgracia nació
con cierta debilidad en el cuello y en las piernas. Eso le daba el
aspecto de un muñeco de trapo. Quiero decir: de un lindo y alegre muñeco
de trapo al que adorábamos. Parecía destinado a una existencia muy
limitada. Por fortuna no fue así. Se ha fortalecido mucho y es muy
deportista. Ojalá que llegue a ser profesional.
IV
Hasta la fecha seguimos ocupando el
departamento color ostión. Si un día, por las razones que sea, tuviéramos que dejarlo, nuestra historia familiar quedaría escrita en sus paredes exactamente como en las viviendas anteriores: a base de marcas, perforaciones y las sombras que dejan en los muros los retratos cuando descienden de su galería.
Nada es seguro y los tiempos son difíciles. Puede suceder algo
inesperado que nos obligue a salir de aquí. En tal caso haremos la
mudanza muy temprano, si es posible al amanecer, para ganar tiempo y
sobre todo para ahorrarnos el dolor de las despedidas. Decir
adiósnunca es fácil.
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