La condición humana revisitada
Ilán Semo
Hace 60 años, en 1958, apareció la primera edición de La condición humana,
el libro que consagró a Hannah Arendt como una de las pensadoras más
prolíficas y polémicas del siglo XX. Como el de la mayoría de los textos
clásicos, el destino de esta obra resultó tan impredecible como su
historia. Goethe dijo alguna vez:
la dimensión de un pensador no se mide tanto por el número de sus seguidores, sino por la talla y la inteligencia de sus críticos. Nada se ajusta mejor a la extraña y seductora originalidad que encierra el volumen de Arendt. En rigor, durante las primeras dos décadas y media de su circulación, no sumó más que críticos. Hoy ha devenido un clásico que sirve como inspiración a las más disímbolas franjas de pensamiento y, en particular, a la teoría crítica y la izquierda del siglo XXI que quiere desembarazarse de los fantasmas y pesadillas que le legó su propia historia en el siglo XX. Judith Butler, Giorgio Agamben y Roberto Esposito, entre otros, se cuentan entre sus meticulosos –y no precisamente incondicionales– lectores.
En los años 60, la izquierda ortodoxa la omitió casi como si fuera
una pedrada. La homologación entre la experiencia del fascismo y el
Gulag, ahora figurada mediante un nuevo concepto del trabajo, la
distinción entre homo faver y animal laborans, fue
vista como un simple artilugio liberal. Por su parte, algunos teóricos
liberales, se aprestaron rápidamente a desfigurar la tesis de Arendt,
con la grotesca conclusión de que, ante la experiencia totalitaria, la
democracia liberalrepresentaba la menos agravante de las opciones políticas de la actualidad. En vida, Arendt se encargó de refutar la banalidad de esta conclusión
chillonamente ideológica. Pocos textos como La condición humana critican de manera tan extenuada la lógica del trabajo en una sociedad capitalista, en la que el ser humano no puede ser
más que un medio y nunca un fin en sí mismo.
También se enfrentó a su propia tradición, la tradición judía.
Crítica abierta de la interpretación oficial del Holocausto, así como
del derrotero que había adoptado el Estado de Israel hacia los años 60,
nunca trastabilló –por más amargo que fuera el debate– al defender sus
posiciones frente a quienes irónicamente ella les había salvado la vida.
Y una parte del actual feminismo radical, como escribe Seyla Benhabib,
se siente incómodo frente a su legado por su desterritorialización de
las mujeres, por más que Arendt haya fraguado el personaje conceptual de
la pensadoraen el siglo XX.
¿Por qué entonces se sigue leyendo con más intensidad y entusiasmo que nunca? Aquí tan sólo una hipótesis.
Como escribe acertadamente Esposito, Arendt tiene muy poco de
liberal, por más que fue una cuidadosa lectora de sus pensadores del
siglo XVIII. Finalmente, es una crítica de la modernidad desde la
modernidad misma, no su apóloga. Sus orígenes se encuentran en otro
mundo: la fenomenología fundada por Husserl, después, Heiddeger y, por
supuesto, Jaspers.
Si se lee la tesis central de Los orígenes del totalitarismo, un libro como señala suspicazmente José Luis Barrios que describe y no prescribe –un rasgo nodal de la prosa de La condición humana–,
la conclusión es ésta: el totalitarismo es un orden político y
existencial en el cual el soberano no sólo aniquila a sus opositores
sino a quienes no tienen más remedio que aceptarlo. Es decir, no sólo
extermina a los que dicen
no, sino también a los que dicen
sí–pues no hay salida–. Nunca antes Occidente había presenciado un fenómeno de esta naturaleza, sobre todo si se observa la anulación completa de toda forma de empatía. La condición humana adelanta una explicación de esta fatal
cerradura de lo vivoque se extendió a lo largo del todo el siglo XX, y se sigue en sociedades como la mexicana hoy en día.
Al parecer, en Arendt el centro de lo político, como señala Wendy
González, se ha desplazado hacia la dialéctica de una catástrofe: por un
lado, se pone todo el énfasis en la potenciación de la vida (educación,
salud y el cuidado de sí), por otro, la vida se vuelve una simple
moneda de cambio prescindible. El tema de la relación entre la vida y
los dilemas de la modernidad data desde el siglo XIX. Se encuentra en
filosofías como las de Nietzsche y Bergson. Pero nadie lo había situado
donde lo colocó el texto de Arendt en 1958. La modernidad contiene un
círculo fatal: no sólo puede anular la condición social de millones,
sino volver sus vidas prescindibles.
Tal vez La condición humana es el primer llamado filosófico y
conceptual acertado a reconsiderar los dilemas por los que atraviesa la
desensibilización de las formas de empatía y justicia que Rousseau
previó en el siglo XVII. Ángel Álvarez sugiere que acaso ocupa en el
siglo XX un lugar tan enigmático como el que fijo el autor de El contrato social
en el siglo XVII. De ahí la fuerza del problema que plantea. Pues de
eso trata el pensamiento: de plantear las preguntas que nadie puede
evadir.
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