Conservar y respetar, para cambiar
Rolando Cordera Campos
Aunas horas de que se consume el cambio en el poder presidencial, me atrevo a bordar sobre unas cuantas y pequeñas cosas:
Las instituciones con que contamos, leyes, reglamentos,
organizaciones, costumbres y usos, tienen que respetarse, antes de
pretender cambiarlas para mejor o desecharlas por inútiles, superfluas y
demás. Aquello de
al diablo con sus institucionesdebe ser de plano sustituido por la convocatoria a la participación plural y decidida de todos o los más, para revisarlas, criticarlas, pero sobre todo mejorarlas para que puedan servir al bien común.
Son muchas, porque si algo hemos hecho en estos duros años de cambio
político hacia la democracia es inventar e innovar en materia
institucional.
No le hagamos honor al viejo y nefasto dicho de que nuestro deporte
favorito es crear instituciones y organismos para luego desecharlos y
condenarlos al olvido. Eso siempre es muy costoso y al cabo de algún
tiempo frustrante, incluso para los ocasionados Eróstratos que buscan
Templos de Diana por doquier para alcanzar la fama.
Si algo me gustaría agradecer del nuevo gobierno que se piensa nuevo
régimen, es una convocatoria para pensar y deliberar sobre lo que nos ha
servido y debe seguir haciéndolo; sobre lo que ha funcionado más o
menos bien y merece mejorarse y sobre lo que de plano no sirve y tiene
que desecharse. En este último caso, tiene que hacerse explícito el daño
laboral, de empleo y salario, que tal eliminación implica, así como lo
que esto conlleva para poblaciones y regiones involucradas en su
operación y conservación.
Algunos ejemplos cercanos:
El Inegi: por muchos años, la información pertinente para el
conocimiento del país y la formulación de críticas, planes y proyectos
fue de uso exclusivo de grupos cerrados de la alta burocracia gobernante
o de los misioneros del Banco Mundial o el FMI. Los demás, teníamos
acceso a ella gracias a Mr. Xerox, que nos permitía copiar a
toda prisa y luego compartir datos y cifras con colegas y camaradas,
socios y clientes. Hoy, disfrutamos de uno de los mejores sistemas de
información estadística y geografía del mundo y contamos con técnicos
yexpertos bien probados por sus destrezas y honestidad. No pongamos en
peligro este capital por veleidades o bajas pasiones revanchistas que,
siempre, cuestan el doble o el triple. En todo caso, mejoremos sus
sistemas y ampliemos los espacios de participación, análisis y crítica
para que la información en efecto sirva a todos y sea la base del debate
y la deliberación más informada e ilustrada posible.
El Fondo de Cultura Económica: las tareas del FCE han sido la base de
la educación superior y la formación intelectual de muchas generaciones
de mexicanos. Hasta el presente, sin menoscabo de las particularidades
de cada administración, sus aciertos y desaciertos, el fondo ha cumplido
con creces su misión fundadora y coadyuvado al acceso creciente de
jóvenes y estudiantes a la alta cultura en la historia, las ciencias
sociales en general y la economía en particular, la ciencias naturales y
físicas, la filosofía y las humanidades, la buena literatura y la mejor
difusión del conocimiento.
Estas tareas deben respetarse y protegerse, apoyarse y mejorarse,
porque forman parte de lo mejor de nosotros, alimentado por un buen rato
por lo mejor de los exilios españoles y latinoamericanos.
En particular, los proyectos emprendidos en estos años bajo la
dirección de José Carreño no sólo son loables sino ejemplares, como lo
muestran el crecimiento de librerías, la construcción de estructuras
comunitarias en los lugares más inhóspitos y peligrosos, la
multiplicación de nuevas ediciones y rediciones de alto valor. La
colección sobre desigualdad es, sin más, una aportación fundamental al
conocimiento de nuestro duro mundo.
No se hace honor al Fondo de Cultura Económica y su invaluable herencia intelectual y política, poniendo en su lugar a un patán.
Y así hasta agotar nuestro catálogo de buenas cosas. Ya hablaremos de
nuestra universidad pública, televisoras y estaciones de radio públicas
y culturales, colegios y seminarios varios. Sólo apreciándolos, es que
podremos emprender la dura tarea de su mejoramiento y del desarrollo de
nuestras capacidades y de la no menos exigente de volver realidad
nuestras potencialidades.
Cuarta Transformación, si así se quiere, pero no sobre las ruinas,
sino sobre los cimientos y con los muros, techos, puertas y ventanas,
con que hemos podido capear una adversidad inclemente que, sin embargo,
nos ha traído hasta estos tiempos de venturoso cambio
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