Mar de Historias
Esigual
Cristina Pacheco
Como siempre pasa, en cuanto mi tío Ciriaco murió todos en el pueblo
empezaron a descubrirle cualidades y a calificarlo con menos rigor. De buenas a
primeras interpretaron su locura inofensiva como el simple desvarío de un alma
buena y diagnosticaron su parloteo –por lo general incomprensible– como
resultado de un soplo de aire frío aspirado por el bebé en el momento de
nacer.
En los afanes reivindicatorios no faltó quien llegara a afirmar que Ciriaco
–hermano de mi abuela y por tanto mi tío-abuelo– había muerto en olor de
santidad. Exageraciones. Lo que emanaba su cuerpo era un persistente tufo a
orines que se imponía al olor del jabón de teja con que lo obligaban a bañarse
los sábados: no todos y más bien espaciados.
Por la expresión de su cara dedujimos que la muerte de mi tío Ciriaco había
sido indolora, tranquila y tan natural como puede serlo en una persona de más de
90 años. A cambio de esa certeza ignoraremos para siempre a qué hora de la noche
pereció. El único testigo de su fallecimiento fue Esigual: un perro
magro de ojos verdes, patas largas y una sola oreja. Apareció en la casa ya
mutilado. Atribuimos la pérdida a la riña con una jauría abusiva, pero un
lugareño del pueblo cercano afirmó que al perro le había cercenado la oreja un
carnicero brutal ansioso de vengarse por el hurto de un buen trozo de carne.
Esigual no es un nombre afortunado, pero sí muy eficaz para
describir la naturaleza de un animal soberbio, indiferente y tan decidido a
conseguir sus propósitos como para soportar los gritos, los amagos de apaleo y
las cubetadas de agua con que Severa, nuestra sirvienta, siempre intentó
alejarlo de la casa, en especial si el perro cometía faltas graves como robarse
comida, desprender la ropa del tendedero en el corral o dejar un mojón tieso a
mitad del corredor.
II
Esigual era poco más que un cachorro cuando apareció
frente a nuestra casa. A las seis de la mañana, hora en que acostumbraba barrer
la calle, Severa lo descubrió echado en la banqueta, dormitando con la cabeza
sobre sus patas delanteras. Enternecida de ver que al animalito le faltaba una
oreja, se inclinó para acariciarlo y le prometió que en cuanto terminara su
tarea le llevaría algunos desperdicios de la noche anterior.
El perro siguió durmiendo, pero en cuanto vio que Severa entraba en la casa
corrió tras ella y llegó hasta la cocina: el imperio en donde nadie más que
Severa podía reinar y mucho menos un perro. Irritada por la osadía del intruso
la sirvienta pidió ayuda para echarlo de la casa.
Sorprendidos, todos acudimos al llamado. Apenas Ciriaco vio al perro se tapó
los oídos con las manos y, hecho un mar de lágrimas, soltó uno de sus
incomprensibles parloteos que de seguro aludían a la mutilación del perro.
Excitado por los gritos y por nuestro alboroto, el animal se puso a ladrar. Mi
abuela nos pidió calma y le ordenó a Severa que lo arrojara a la calle. Ciriaco
gritó de nuevo, hizo aspavientos, unió los brazos y los balanceó acunando el
vacío. Mi abuela comprendió que el movimiento era una súplica para quedarse con
el perro y dio su veredicto:
¡No!Agria como siempre, irritada como pocas veces, Severa la secundó con una retahíla de motivos para deshacerse del recién llegado.
Apoyada en esos argumentos, mi abuela generalizó la orden:
No se queden nada más mirando. ¡Sáquenlo de aquíLo intentamos de varias maneras, pero fue inútil porque el perro se nos escapaba con habilidad felina. En pocos minutos la pesquisa tomó las dimensiones de una cacería. La cocina se llenó de jadeos, órdenes y contraórdenes:
¡Cierren la puerta para que no vaya a meterse en las piezas!
¡Abran la ventana para que se largue!
Traigan un mecate.
Dale un escobazo!
¡Échale agua!En respuesta, el perseguido, en un acto de franca provocación, levantó la pata junto al brasero que era como el altar de nuestra querida sirvienta.
Más gritos, más jadeos, más órdenes y contraórdenes hasta que al fin Severa
logró atrapar a su enemigo y llevarlo hacia la puerta. No pasó del dintel porque
Ciriaco saltó sobre ella, la despojó del perro y huyó a su cuarto. A partir de
ese día fue también el de Esigual. Severa no encontró un término más
adecuado para definir a un ser indiferente a todo y a todos, excepto al tío
loco.
Hasta su muerte, Ciriaco no tuvo mejor compañero ni nadie que secundara sus
intrincados parloteos con tanta precisión como Esigual; tampoco
encontró un escucha más atento para los desafinados y nocturnos conciertos de
armónica con que alejaba su locura, su soledad y su miedo a las tinieblas.
IV
Hicimos el velorio en la casa, concretamente en la sala. En el
sitio donde siempre había estado una mesa de centro se colocó el catafalco. En
el ataúd, vestido con su eterno overol, mi tío Ciriaco guardaba una quietud
serena. Cerca, con la cabeza apoyada en las patas delanteras, Esigual
parpadeaba y de vez en cuando emitía un lamento prolongado y suave.
Esigual se sumó al cortejo. Caminaba pegado a la carroza. Iba lento,
cabizbajo, como si le pesara la cabeza. Durante la ceremonia se mantuvo
apartado. Pensé que lo horrorizaban nuestros gemidos y el movimiento de las
palas con que los enterradores trabajaban. En el instante en que el ataúd
descendió hasta el fondo, Esigual se acercó y, para nuestra sorpresa,
dejó caer la armónica con que mi tío exorcizaba sus temores. Se escuchó un golpe
apenas perceptible, como el de otro terrón deshaciéndose sobre la madera. En ese
momento mi tío Ciriaco empezó a entonar su eterno concierto de silencio.
Esigual sobrevivió a mi tío menos de un año. En todo ese tiempo
visitó su tumba a diario hasta que por fin ya no pudo alejarse. Y allí sigue
enterrado quien fue el compañero fiel de un hombre inofensivo, bueno, loco.
Algunos lo calificaron también de santo. Exageraciones.
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