lunes, 24 de junio de 2019

Ser policía
 
Una transformación no es sólo cambios políticos, nuevos actores, renovación de cuadros y acciones contra la corrupción, como la supresión del aeropuerto de Texcoco, ese elefante blanco, cortina de un gran negocio para los especuladores; no sólo es poner tope a los ofensivos salarios de los altos funcionarios o un freno a la corrupción o parar el mercado negro del huachicol o suprimir los negocios de los influyentes y detener la vergonzosa práctica de los moches.
Es mucho más que eso; se trata de una transformación a fondo, es también y principalmente cambiar de ideas, desterrar prejuicios, mover conceptos equivocados pero profundamente arraigados, camino abierto a la injusticia y a la desigualdad, que además herían el buen nombre de México; parecía, durante mucho tiempo, durante la era priísta, pero también en la docena de años en que gobernó el PAN, que la política quedaba reservada sólo para los corruptos. Yo no soy político yo vivo de mi trabajo, decían las gentes decentes de hace 50 años y dejaban todo en manos de los aprovechados y arribistas.
Uno de esos conceptos equívocos, pauta conceptual compartida por muchos, consistía en aceptar que los policías tenían un arma y una placa para actuar a su arbitrio y obtener dinero fácil y de cualquier forma; si había tiempo y se daban las circunstancias, los policías también servían para cuidar el orden y la seguridad de la población; se aceptaba que no se podía pedir mucho de un elemento de cualquiera de los numerosos cuerpos policiacos que abundaban en el país. Recordamos todavía de Abel Quezada la caricatura de un policía de antaño, con la gorra de servicio mal puesta en la greñuda cabeza, una pequeña macana casi inofensiva entre las manos y una nube de moscas volando a su alrededor; esa era la imagen del gendarme de la esquina, anterior al endurecimiento policiaco que se inició en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.
Después vino la época de los policías que ya no trataban de jefe a cualquier ciudadano con el que se topaban en el ejercicio de su trabajo. Los policías de esta otra época fueron prepotentes y arbitrarios y si pedían un aumento de sueldo, sus jefes con todo descaro les preguntaban: ¿Para que cree que se le proporciona el arma?, dando a entender que el salario no era la principal fuente de ingresos de un guardián del orden.
Pero estamos ya en la 4T y las cosas van cambiando, las promesas de campaña se cumplen y esto en medio de un forcejeo feroz de los que perdieron en las elecciones, que no perdonan su derrota y buscan venganza con una costosa campaña de ataques y calumnias al gobierno y al Presidente.
A pesar de ello, los cambios se abren camino ante la satisfacción popular. Un ejemplo: hace unos días fue designado como nuevo comisionado del Instituto Nacional de Migración el licenciado Francisco Garduño Yáñez, quien ha ocupado diversos cargos en la administración pública de la Ciudad de México y a quien el Presidente de la República, con el que ha colaborado desde el gobierno del entonces Distrito Federal, dio el delicado encargo de contribuir a detener y ordenar las oleadas de migrantes que llegan a México desde América Central. Cuando a Garduño un periodista le preguntó si su nuevo cargo tenía el carácter policiaco, respondió tranquilo: No es malo ser policía.
A eso me refiero cuando digo que una transformación para que arraigue y signifique un verdadero cambio de rumbo del país debe ser de acciones eficaces, pero también y principalmente de cambio de mentalidad. Bien dice el licenciado Garduño que no es malo ser policía; debe ser y esperemos que pronto lo sea plenamente, un cargo importante para la comunidad; los policías son las personas a las que la sociedad de la que son parte les ha encomendado el cuidado del orden, de la integridad de las personas y de los bienes y para ello se les dota de armas, son gente armada, gendarmes, galicismo que ya poco se usa.
Un buen policía debe ocupar un estatus elevado en una sociedad que valore debidamente el servicio que presta; es posible cambiar la opinión negativa que se tiene de estos servidores públicos, rescatarlos del juicio negativo en su contra y de la mala fama a veces ganada con toda razón. Conviene recordar que durante el gobierno del actual Presidente, cuando era gobernante de la capital, se iniciaron y se sostuvieron acciones en ese sentido.
Recuerdo dos datos de entonces: cada mes, en ceremonia emotiva, con invitados y familiares, se premiaba a los policías que se habían distinguido en su trabajo; entonces, también se les apoyó con créditos para vivienda y, lo más importante, en sus cursos de capacitación se incorporaron (al menos en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal) dos materias nuevas: derechos humanos y ética policiaca.
Lo que dijo Francisco Garduño es alentador, indica que los funcionarios del nuevo gobierno llegan a servir al pueblo convencidos y sin prejuicios, y traen consigo ideas frescas que serán el sustento de la necesaria y esperada Cuarta Transformación.

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