Llegó la 4 T
Los Pinos se abre al público
El museo del poder fue visitado en su primer día por 20 mil personas
▲ El encuentro de los ciudadanos con el centro del poder.Foto Xinhua
Alonso Urrutia
Periódico La Jornada
Domingo 2 de diciembre de 2018
Domingo 2 de diciembre de 2018
Eran las 9:07 horas cuando se decretó el fin de una
época. El enorme portón de hierro forjado que pertrechaba la sede
presidencial se abría para dar acceso público irrestricto a la otrora
residencia oficial de Los Pinos y mostró la intimidad del poder con su
opulencia, sus lujos y sus despropósitos. Ayer una realidad, hoy
reconvertida por el nuevo gobierno en sala de exposición en ciernes: el museo del poder.
Vedado por décadas, su condición cambió radicalmente. Muy temprano
esperaba sólo un puñado de ciudadanos, que en poco tiempo se transformó
en casi un torrente de gente intrigada por conocer los entretelones
palaciegos de Los Pinos. Ingresaron 20 mil, según el primer reporte
oficial.
Se adentraron por los caminos que cruzaban los hasta ahora solitarios
y enormes jardines a disposición del mandatario en turno, destinados a
su exclusivo uso y disfrute, a la reflexión de las más elucubradas
decisiones o el sosiego de las tensiones provocadas por el ejercicio de
gobierno.
Adentrarse en lo que era el epicentro del poder metaconstitucional
–dirían los clásicos para definir a los omnipotentes presidentes– es
entrar en largos espacios de jardines, residencias y estatuas que ocupan
14 veces el espacio de la Casa Blanca.
Paradojas de la historia: construida por el general Lázaro Cárdenas
como sinónimo de austeridad frente al despropósito republicano de vivir
en el Castillo de Chapultepec –al inaugurar la nueva época
posrevolucionaria–, Los Pinos concluyó su historia oficial con ese
carácter de residencia, como expresión de la parafernalia gubernamental.
Camino a la Casa Miguel Alemán, entre la arboleda pulcramente cuidada
por el extinto Estado Mayor Presidencial y por la denominada Calzada de
los Presidentes se encuentran las versiones en bronce de quienes han
sido sus residentes: Lázaro Cárdenas con sombrero en mano; Gustavo Díaz
Ordaz, quien optó por una inimaginable pose con la mano tendida; Carlos
Salinas, cuya efigie esculpida porta un legajo de hojas con el título
TLC-Solidaridad, o la desparpajada imagen de Vicente Fox, con su
inseparable V de la victoria.
Los secretos
Quiero conocer los secretos que alberga este sitio, resumió un joven antes de ingresar. Sería un hecho: la apertura desveló la exuberancia en la que vivían.
Tras un largo andar se llega hasta la Casa Miguel Alemán, una mansión
concebida con estilo francés, de casi 6 mil metros cuadrados. Es la más
grande, ostentosa, opulenta y algo más: es la que apenas desocupó
Enrique Peña Nieto.
Hay días en que la historia transcurre a ritmo de vértigo: el recinto
ha pasado de albergar la cotidianidad en el ejercicio de gobierno a
convertirse en histórico sitio que expresa la suntuosidad del poder.
Azorados, los visitantes no dan crédito:
¡Cuánto lujo!, lanza una septuagenaria mujer a las puertas de la casa.
Y con nuestro dinero.
Un gigantesco candil dispuesto para iluminar el acceso por donde sólo
ingresaban invitados distinguidos es el primer encuentro de los
visitantes con la residencia. “Como si fuese el pianista del Titanic”, describía con sorna otro visitante, un músico es encargado de recargar de nostalgia: Adiós a Los Pinos.
Es el primer choque que admira el ciudadano al encuentro con lo que
era el centro del poder. En sucesión le seguirá, siempre con impecable
piso de mármol: la ostentosa biblioteca José Vasconcelos; la oficina
presidencial, de la que se llevaron casi todo, con excepción del
escritorio y la bandera; la oficina de la ayudantía, y si se tiene
suerte, encontrará abierta la puerta –de entre las decenas que aún están
clausuradas– que conduce a la alberca techada.
Hay arrobo, indignación y hasta la satisfacción del final de una
época. Conforme se adentran los visitantes en la Casa Miguel Alemán, se
torna en un caótico ir y venir de la gente. La improvisada apertura
implica conservar decenas de puertas cerradas –de finísima madera– que
esconden un laberíntico conglomerado de salones y cuartos. Sólo la
certeza de que no hay espacio en Los Pinos abandonado por la suntuosidad
adecuada al estilo personal de gobernar.
Subiendo las escaleras de mármol se llega a espacios de mayor
privacidad: la recámara presidencial, cuyas ventanas dan a la Rotonda de
la Reforma, un extenso jardín con las efigies de Benito Juárez y los
protagonistas de aquella gesta. Un lujoso comedor para 28 personas, una
de cuyas puertas conduce a una pretenciosa cocina de donde surgían las
creaciones gastrónomicas para satisfacer el paladar presidencial.
La visita resulta toda una experiencia que permite imaginar la
práctica del poder. Los caminos conducen a las otras residencias, entre
ellas la de Lázaro Cárdenas, que dista mucho de la jactanciosa Casa
Miguel Alemán.
Los jardines están convertidos casi en una romería. Nadie imaginaría
que conformaban una de las zonas de seguridad nacional más celosamente
resguardadas. La Secretaría de Cultura programó decenas de grupos
musicales regionales y clásicos para celebrar la llegada de la Cuarta
Transformación en el corazón mismo del extinto régimen priísta.
En la famosa hondonada, enclavada entre los jardines, se colocó una
pantalla gigante, ante la cual se congregó una multitud de simpatizantes
de Morena que observaron la ceremonia de traslado del Poder Ejecutivo y
lanzaron su irreverente grito cuando el mandatario saliente se
despojaba de la banda presidencial:
¡Fuera, Peña!, lamentaron cuando se ratificó el perdón y vitorearon cuando el nuevo presidente confirmó que no vivirá en Los Pinos.
Aun bajo resguardo castrense, las maneras de la Policía Militar
distan mucho de la despótica disciplina del Estado Mayor Presidencial,
que en su extinción aún dejó su lema en las paredes a manera de
epitafio:
Al Presidente nadie lo toca...
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