Caos geopolítico y lucha de clases
Raúl Zibechi
La crisis venezolana puede
saldarse con una guerra civil e internacional si no se consigue frenar
el militarismo rampante de quienes quieren voltear al gobierno de
Nicolás Maduro, apelando a un golpe de Estado que complemente la
desestabilización que se promueve desde Washington. Sería un desastre
para los venezolanos y para toda la región.
Desde una posición de principios, la no intervención en los asuntos
internos de otros países es un asunto básico. El respeto a la soberanía
nacional es absolutamente independiente de la posición que cada quien
tenga sobre lo que sucede en el país, el carácter del gobierno y la
calidad de sus instituciones.
Quienes sufrimos las dictaduras en el Cono Sur, nunca pedimos la
intervención extranjera para derribarlas. Ni ahora pedimos que se
intervenga en Arabia Saudita por ser una régimen deplorable que, además,
desató una guerra genocida en Yemen.
Lo que está sucediendo en Venezuela implica la interacción entre tres
actores: el pueblo venezolano, el gobierno, las fuerzas sociales,
políticas y militares que lo apoyan y las grandes potencias, en
particular Estados Unidos. Los tres tienen intereses distintos que en
algunos casos convergen y en otros son antagónicos.
Quien esto escribe apoya al pueblo venezolano, rechaza el
intervencionismo pero no respalda al gobierno de Maduro, que muestra una
deriva autoritaria y antipopular. El problema de quien mantiene esta
posición, es que el concepto
pueblo venezolanoestá siendo manipulado desde todas las tiendas, pero además no existen organizaciones o convergencias que encarnen una representación significativa de ese pueblo.
Creo que la situación actual amerita varias consideraciones.
La primera es que vivimos un periodo de hondo caos geopolítico que
durará algunas décadas. Dos grandes grupos de países juegan sus
intereses en Venezuela: Estados Unidos apoyado por la Unión Europea y
China apoyada por Rusia. El que tiene la iniciativa (lo que no quiere
decir que vaya a prevalecer) es Estados Unidos, que busca revertir sus
derrotas en Medio Oriente y en el mar del Sur de China, hacerse fuerte
en el Caribe y en el resto de América Latina para enlentecer su
decadencia hegemónica.
El nuestro es el único continente donde Washington ha cosechado
victorias en la pasada década. Ha sido su patio trasero durante más de
un siglo y desde finales del siglo XIX invadió países, desestabilizó y
derribó gobiernos que no le eran afines promovió el ascenso de
dictaduras y gobiernos conservadores. En las pasadas décadas apoyó y
armó la contrarrevolución en Nicaragua en la década de 1980, la invasión
de Granada en 1983, la invasión de Panamá en 1989 y la invasión de
Haití en 1994, derribando gobiernos legítimos e imponiendo a sus
aliados. En 2002 Estados Unidos apoyó el fallido golpe de Estado en
Venezuela.
En los próximos años asistiremos a la profundización de este caos. Se
sucederán gobiernos de signos opuestos y llegarán al poder
ultraderechas que parecían erradicadas del panorama político. El
ministro de Educación de Jair Bolsonaro se despachó con una frase que
representa a esta nueva derecha:
La universidad no puede ser para todos, hay que reservarla a una élite intelectual(goo.gl/Fu2aAp).
La segunda cuestión es que los pueblos no tienen una organización que
los represente, ni un caudillo, ni un partido o movimiento. Esto puede
ser positivo, ya que venimos de un periodo de unificación de fuerzas que
al homogeneizarse perdieron su capacidad de resistir y combatir. Tanto
la resistencia como la creación de lo nuevo son múltiples, heterogéneOs
en sus tiempos y modos de hacer y caminar.
Pero el hecho de que exista mucha dispersión y que las fuerzas y
pueblos que resisten no construyan convergencias y establezcan códigos
comunes que les permitan dialogar y aprender mutuamente, es una
desventaja en estos momentos en los que necesitamos reconocernos y
encontrarnos entre los abajos.
Entiendo que estas confluencias están siendo muy complejas, y
encuentran dificultades por las diferentes trayectorias y culturas
políticas de cada quien, por los egos de muchas organizaciones y de
muchas personas entre las que resistimos. Pero sobre todo están jugando
en contra las iniciativas de la banca mundial aplicadas por los
gobiernos, conservadores y progresistas, que se resumen en políticas
sociales que alivian la pobreza aunque no la resuelven, pero garantizan
la gobernabilidad y la división del campo popular.
La tercera cuestión son los gobiernos. Tenemos un buen puñado que practican el discurso
antisistema. El principal es el de Brasil, pero la mayoría han adoptado ese popular discurso. Las diferencias son mínimas: conservadores y progresistas gobiernan para los de arriba. Están ahí para ahogar las autonomías de abajo porque, a la larga, saben que son las únicas capaces de transformar el caos sistémico en mundos nuevos, donde los pueblos sean los protagonistas y no el capital. Ninguna transición en la historia se hizo desde arriba.
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