Educación y cultura, la corrupción y la violencia
Manuel Pérez Rocha
Una reforma educativa que atienda al mandato constitucional de promover el
desarrollo armónico de todas las facultades del ser humanoimplica, entre otras cosas, tomar en cuenta los condicionantes que impone la realidad
culturalcircundante. Me he referido al debilitamiento del uso y del cultivo de la palabra, en particular de la palabra escrita (La Jornada, 24/01/19).
Otro elemento del contexto
culturalque no puede ignorarse es el hundimiento de valores morales que se manifiesta en dos fenómenos sociales de extrema gravedad: la corrupción y la violencia. Estudiantes y maestros viven hoy en un ambiente social en el que tienen una fuerte presencia estos azotes. Corrupción que se origina en un sistema para el cual los seres humanos no son sino mercaderes, mercancía o basura, y en el cual la ética está explícita y cínicamente expulsada de la
economíay de la
política; y violencia que es resultado de esta degradación moral.
No pocas veces se afirma que es la escuela quien ha de combatir de
esos males sociales. Y por supuesto puede contribuir a ello, pero esto
implica, antes que nada, la revisión honesta y crítica de lo que ocurre
en el sistema escolar mismo.
Una manzana, en el escritorio de un maestro, es una imagen ambigua,
frecuente cuando se pretende hacer referencia gráfica a la educación
escolar. Otra imagen socorrida es, por ejemplo, la de un niño, plantado
en un rincón, con humillantes orejas de burro. Estas imágenes dicen más
que mil palabras y de manera muchas veces inadvertida, ejemplifican dos
lacras –la corrupción y la deshumanización– propias de la escuela
tradicional, y muestran que no pocas personas piensan que así debe ser.
Por fortuna, son muchos los espacios escolares en los que no tiene
cabida la compra de favores y tampoco la impiedad. Pero la corrupción y
la deshumanización que aquejan a la sociedad entera empiezan no pocas
veces en la escuela tradicional. La corrupción de la educación y de la
niñez se hacen presente desde que el salón de clase es convertido en un
espacio de intercambios, en un mercado: “si haces esto (una tarea, un
acto de obediencia, o algún otro encargo) yo te doy esto otro (una buena
nota, un premio, una distinción), o un castigo, incluso por un error
involuntario,
Igual que en el mercado, en el salón de clase se entroniza la
competencia como norma de relación entre los estudiantes. Sólo puede
haber un
primer lugaren la lista de reconocimientos, y si hay premios materiales, el
desempeñodetermina su distribución. La competencia entre los estudiantes mismos y el régimen disciplinario sustentado en premios y castigos son las lecciones tempranas, cotidianas y vivas de
éticaque reciben los estudiantes. ¿Podrá servir de algo un cursito de civismo?
La fuerte relación causal entre competencia y violencia es una
experiencia muy frecuente. Véase cómo una cordial fiestecita infantil
puede convertirse en un campo de batalla cuando se introducen juegos de
rivalidad. Ni qué decir de los combates campales que protagonizan cada
vez con más frecuencia los jugadores y sus seguidores en las contiendas
deportivas, y algunas de éstas ligadas precisamente a instituciones
escolares (por ejemplo burros contra pumas, ¡hágame el favor!).
No puede extrañarnos, pues, la presencia patológica de la violencia
escolar y el que se haya inventado un término específico para señalarla (
bulling). Obviamente no podrá solucionarse este problema sin
atender sus causas, entre las cuales sin duda está la violencia
institucional señalada en párrafos anteriores, mucho menos podrá
resolverse añadiendo más castigos.
A muy temprana edad los niños experimentan otras formas de violencia.
Por ejemplo, cuando son sometidos a reglamentos rígidos, como el
silencio impuesto en el aula y otros espacios, y cuando son obligados a
realizar actividades para las cuales no han sido motivados, o trabajos
escolares sin explicación alguna de su valor. Pero la verdadera
naturaleza humana se manifiesta en incontables maestros que rechazan
estos procederes atávicos y se constituyen en apoyos efectivos (y
afectivos) de los niños y jóvenes.
Disciplinar a los niños y jóvenes se considera una función
naturalde la escuela, a pesar de las evidencias de sus trágicos resultados. Esto lo han analizado ya críticamente diversos autores y pensadores notables. Como ejemplo, en nuestro país, hace más de 150 años Ignacio Manuel Altamirano, y más recientemente Iván Illich; en otros lares Michell Foucault y Paulo Freire. Sin embargo, son asuntos que las mal llamadas
reformas educativasignoran por completo. Conducidas por criterios puramente económicos, se ocupan sólo de cuestiones administrativas, entre ellas una
equidadmal entendida.
La reforma educativa urgente, que atienda los retos culturales y
éticos del presente implicaría, entre otras, las siguientes
disposiciones:
1. Hacer de la escuela un espacio de expresión (libre, verbal, artística), no de silencio impuesto.
2. Aplicar como regla de comportamiento la cooperación y excluir la competencia y la rivalidad.
3. Reconocer al error como vía del aprendizaje, en vez de castigarlo.
4. Fomentar la motivación intrínseca en vez de la extrínseca, y por
tanto prohibir las calificaciones, los premios, los castigos, los
concursos y las distinciones (y las humillaciones).
5. Eliminar la confusión ideológica e injusta de logros con méritos para propiciar la
equidadefectiva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario