La intromisión humanitaria contra Venezuela
Uno
de los lugares donde la intrusión ha sido enfática y constante es
Venezuela. Una fachada para las operaciones encubiertas estadounidenses.
El
arte ha representado las invasiones desde tiempo inmemoriales, muchas
veces en espléndidas piezas testimoniales. En unas ocasiones ha
perpetuado la presencia de los opresores recién llegados; en otras, la
de los sometidos que encaran las imposiciones.
Las Invasiones Bárbaras, que fueron movimientos migratorios
de grupos étnicos para algunos historiadores y bárbaras para los romanos
que las sufrieron, subsisten en Europa en los templetes, mausoleos y
baptisterios abrumadores y silenciosos.
La carnicería conjunta de nazis y franquistas contra una población
desvalida, donde los alemanes ensayaron el ataque aéreo, el bombardeo
masivo, las bombas explosivas y las incendiarias en media tarde, quedó
inmortalizada en una desgarradora pintura: el Guernica de Picasso.
Roma se sobreimprimió sobre Grecia y el contraste moral nos lo revelaron las Vidas Paralelas de Plutarco,
el último gran literato del helenismo y el primer grecorromano latino.
“¿Por qué visten de blanco las mujeres romanas que llevan luto?”. “¿Por
qué empezaron los romanos el comienzo de un nuevo día a medianoche?”.
(Beard, 2018). Dos preguntas sencillas que compendian el traslado de un
mundo al otro.
El arte, en estos casos, fue manifestación y evidencia de sucesos
históricos bélicos; difícilmente podría haber sido de otro modo en una
historia que es un recuento de incursiones violentas, conquistas y
pillajes.
Catalizador, espejo, quizás es consecuencia del entorno y de
determinadas circunstancias, y, en esencia, es expresión vívida y
estética de emociones humanas.
EL ARTE DEL DESASTRE
Pero el arte también ha tenido un desempeño notorio como apoyo e,
incluso, ha jugado papeles activos en las feroces incursiones, donde
moviliza en beneficio de las acciones agresivas. Justifica las
injusticias, exacerba las rabias y alienta las pasiones. Ya no es una
derivación de la realidad, sino una causalidad más. O así se lo presenta
para disimular las de fondo, casi siempre económicas, políticas, y, en
algunas épocas, quizás, ideológicas.
Durante dos siglos, entre el final del siglo XI y el final del XIII,
la literatura, la pintura, la escultura y el teatro fueron claves en la
promoción de las Cruzadas y en la persuasión de las comunidades.
Pulularon las canciones y los poemas exaltando las virtudes de la gesta,
y dejando de paso veladas amenazas a quienes no se enlistaran.
Urbano II implantó el estilo desde la primera Cruzada; fue hábil a la
hora de aunar publicidad y arte, causa religiosa y motivaciones
políticas, y un mañoso artista al momento de ponerlo todo en la misma
dirección de sus intereses particulares.
El profesor inglés Christopher Tyerman, en el libro Cómo organizar una Cruzada - El trasfondo racional de las guerras de Dios, describe el modo en que operaba la maquinaria propagandística medieval en Occidente:
Apenas había límites que la propaganda no acertara a rebasar: se
recurría tanto a los sermones formales como a las charlas privadas; se
publicaban notas explicativas; se montaban circos ambulantes; se
cantaban himnos y canciones de amor; se echaba mano de la elocuencia y
de la intimidación; las empresas comerciales y las organizaciones
religiosas internacionales hacían circular rumores; se utilizaban tanto
los cotilleos locales como las más fastuosas ceremonias públicas; las
parroquias hacían proselitismo en las fiestas de la cosecha; se hablaba
en las cortes de los reyes y en las grandes catedrales; y se ganaban
adeptos en los gabinetes de contabilidad y en los mercados. Como
instrumentos de persuasión valían tanto las más refinadas obras de arte
como el humor más chusco… (Tyerman, 2015).
Cualquier parecido con los tiempos presentes no es simple
coincidencia. El arte, una de las más profundas y francas afirmaciones
del espíritu humano, no sólo ha sido usado como subterfugio de evasión y
de desviación de la atención social por los grupos de poder, sino,
además, como móvil y proyección de causas non sanctas, mejor dicho, infames. De las Cruzadas a las funciones de frontera.
LOS INVERSORES INVASORES
Los invasores de nuestros días tienen caras dispares. Claro que se
mantienen aquellos que llegan a bordo de portaaviones descomunales y de
los siniestros bombarderos B-52 rodeados de los cazas F-15 y F-18E, pero
también asoman con disfraces más presentables, en las fases de la
preparación del terreno y en otras injerencias.
Arriban los nuevos atacantes y abarcan todos los ámbitos, los
nacionales, bajo la cubierta de la cooperación internacional o las
aportaciones para el desarrollo, y los regionales y locales, con los
cuentos del bienestar social, las obras asistenciales o las campañas de
concientización.
Invaden barrios y comunas las brigadas de científicos sociales que
hablan en inglés o en un español escarpado e incomprensible, misioneros
de nuevo cuño y evangelizadores del viejo, voluntarios que no saben bien
a qué se regalan ni para qué, encuestadores preguntando lo que no
necesitan con el pretexto de hacer lo que no harán y agentes del orden
con peores fachas que las de los desordenados.
Las grandes agencias donantes de los países industrializados no son
tantas, pero están en todas partes y rodeadas de otras miles de medianas
y pequeñas ONG revoloteando a la espera de migajas que suponen muchos
millones de dólares.
En América Latina, desde 1934, abrió el aciago camino el Instituto
Lingüistico de Verano (SIL International) con sus cruzadas de miedo y su
interculturalidad de búmeran.
Los nuevos redentores deambulan por los lugares más impensados de
todos los continentes, en particular, de Asia, África y América Latina,
con sus ONG asentadas no tan lejos de las riquezas naturales del globo,
domesticando tribus y amaestrando comunidades, e inmiscuidas de manera
soterrada en los asuntos políticos nacionales más alejados de su objeto.
Lo que en el argot popular se conoce como injerencia.
LA USAID NO USA ID
El organismo más cuestionado en nuestra región, sin duda alguna, es
la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional
(USAID), que, en la faceta atrayente, reparte limosnas y es
especialmente activa en países con gobiernos no alineados con
Washington.
En sus múltiples intervenciones, la USAID obra de la mano con otros
organismos igual de solapados, como la Compañía de Desarrollos
Alternativos (Development Alternatives, Inc., que ahora se hace conocer sólo con el mote de DAI).
La USAID, así mismo, trabaja hombro a hombro con instituciones
estadounidenses gubernamentales de conspiración abierta, como el
Instituto Republicano Internacional (IRI), con un alevoso historial que
comprende acciones desestabilizadoras durante la mal llamada Primavera
Árabe (Egipto), Honduras, Haití, Polonia y Cuba; como la Fundación
Nacional para la Democracia (NED), que ante la mala imagen de la CIA la
reemplazó en la tarea de llevar su arrevesada visión de la democracia
por el mundo.
Y, desde luego, como la propia CIA, con la que se asoció desde recién
nacida, en las décadas del sesenta y setenta, al punto de afirmarse que
actúa como el frente civil de la agencia de Inteligencia.
La USAID ha recurrido a los más inesperados y variopintos planes de
conspiración e injerencia, tales como el adelanto de programas de
prevención del VIH o la creación de redes de medios sociales al estilo
de Twitter (el proyecto Zunzuneo), en Cuba. O las falsas operaciones de
salud, campañas de vacunación contra la hepatitis B y vacunas contra la
poliomelitis, en Paquistán y Afganistán.
Uno de los lugares donde la intrusión ha sido enfática y constante es
Venezuela. Una fachada para las operaciones encubiertas
estadounidenses. A través de la Oficina de Iniciativas de Transición
(OTI), de la DAI, del IRI, de la NED y de una larga serie de secuaces,
la USAID ha ejercido influencia en los procesos electorales con
multimillonarios aportes a los partidos y los líderes opositores.
Participó en el golpe de Estado de 2002 al presidente Chávez y no ha
dejado de hacerlo en las posteriores protestas y en los sabotajes que,
en el desespero de no conseguir lo propuesto, de año en año fueron más
agresivos, escindieron la población y condujeron al país a la situación
presente.
Actuaciones que no son habladurías o rumores y de las que hay
contundentes evidencias, que no viene al caso relatar porque están lo
suficientemente detalladas y comprobadas, y jamás han sido denegadas por
nadie, ni por los sobornadores del Norte ni por los sobornados en
Venezuela.
Basta con hacer referencia a los documentos que la embajada de EE.UU.
en Caracas ha enviado a la Secretaría de Estado y la Casa Blanca,
divulgados por Wikileaks, que dan cuenta en informes, cables y correos
de las estrategias seguidas y las orientaciones a seguir.
El entramado ha comprendido un sinnúmero de maniobras, captación de
estudiantes y líderes políticos, grupales y barriales; fundación y
control de las ONG para penetrar las bases sociales; infiltración y
torpedeo de las estructuras socialistas de base; generación de
descontentos; sabotajes, chantajes y corrupción.
La USAID ha administrado y ejecutado internamente lo que afuera
coordina la diplomacia estadounidense en confabulación con los líderes
venezolanos opositores en el exilio y los gobiernos de derecha del
vecindario, en particular, el colombiano.
DE LA AYUDA HUMANITARIA, ¿QUIÉN PODRÁ DEFENDERNOS?
La ayuda humanitaria que está llegando a Cúcuta no la trae ninguno de
los organismos internacionales calificados para el efecto, como el
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Agencia de
la ONU para los Refugiados (ACNUR), el Fondo de las Naciones Unidas
para la Infancia (UNICEF) o el Programa Mundial de Alimentos (PMA).
No están coordinando algo la Oficina de Coordinación de Asuntos
Humanitarios (OCHA) de la Secretaría de las Naciones Unidas, el Fondo
Central de Respuesta a Emergencias (CERF), o la Organización Mundial de
la Salud (OMS), en lo relacionado con la ayuda sanitaria.
Ni participa la Organización Panamericana de la Salud OPS, sede en
Washington, con el Programa de Emergencias y Desastres (PED-OPS) y sus
Equipos Regionales de Respuesta (ERR). Ni siquiera las cuestionadas
organizaciones Médicos sin fronteras, Save the Children o la británica
OXFAM han asomado.
La artificiosa ayuda humanitaria aterriza en tres aviones de
transporte militar pesado Boeing C-17 Globemaster III de la Fuerza Aérea
de los Estados Unidos, procedentes de bases aéreas de ese país
(Homestead, en Miami).
El mismo avión que se utilizó para el transporte de pertrechos
militares y ayuda humanitaria durante la invasión de Afganistán
(Operación Libertad Duradera para el gobierno de George W. Bush) y en la
invasión de Irak (Operación Libertad para Irak), así como en las
mayores movilizaciones de paracaidistas y otras grandes operaciones
aerotransportadas.
De estos descomunales aviones, de los más grandes jamás construidos,
capaces de llevar juntos un tanque de batalla de 70 toneladas M1 Abrams y
a Elliot Abrams, descienden las cajas con papel higiénico y bolsas de
sal y arroz empacadas y selladas por la USAID, entidad que ahora anda
necesitada de acciones que le justifiquen la subsistencia y los
recursos.
Tan sospechosa resulta la susodicha ayuda humanitaria de que no lo
sea o de que sea otra cosa, que la Federación Internacional de la Cruz
Roja (FICR) y las contrapartes en Colombia y Venezuela manifestaron que
no participan en el espectáculo mediático porque no encaja dentro de lo
que la veterana institución considera como ayuda humanitaria.
Puede que alguien vaya de casa en casa por el condominio (en los
Estados Unidos) o el inquilinato (en América Latina) dando explicaciones
y razones para justificar que va a incendiarle la casa a uno de los
vecinos, pero creo que nadie hará lo mismo para contar que le va a
obsequiar una galleta.
Esos donativos desdeñables son una galleta partida. Veinte, treinta o
cien millones de dólares, frente a los treinta mil millones que ansían
robarse. Un platal que les hace la boca agua y canciones.
2019 abrió con la enésima visita del Secretario de Estado de los
Estados Unidos, Mike Pompeo, a la región latinoamericana. Estuvo en
Brasil en la investidura presidencial de Jair Bolsonaro, y, de paso,
arrimó a Cartagena para hablar con el presidente Iván Duque sobre
Venezuela.
Ahora el vicepresidente Pence anuncia que participará en una nueva
reunión del Grupo de Lima para abordar, otra vez, “la trágica crisis
humanitaria y de seguridad en Venezuela”.
Altos funcionarios del Gobierno estadounidense viajan de forma
intempestiva y hacen atípicas visitas a países de América Latina que
hasta hace poco no les llamaban la atención, y a cuyos gobiernos, en
teoría aliados, tratan como se lo merecen: con el mismo desprecio con
que Trump atendió a Duque en Washington.
En la agenda previa de la fecha fijada para el ingreso a Venezuela,
por las buenas o a las malas, de la ayuda humanitaria, circula por
Bogotá, Brasilia y Curazao nada menos que el jefe del Comando Sur de los
Estados Unidos, el almirante Craig Faller.
Las contrapartes locales se sienten distinguidas y los grandes medios
del cobertizo juzgan normal que un militar, tan de blanco como las
romanas de luto de Plutarco, promueva por las inmediaciones el golpe
militar que no se han atrevido a darle a su presidente en casa, al que
el estamento militar considera un imbécil y como tal lo ha tratado desde
que asumió la presidencia.
LA ENCRUCIJADA DE LA INVASIÓN MILITAR
No pocos expertos en geopolítica consideran que los Estados Unidos no
invadirán militarmente a Venezuela puesto que la sensatez así lo
indica, como si la sensatez tuviera un puesto significativo en los
juegos del hambre, la guerra y don dinero.
O porque los más fáciles escenarios simulados muestran un sinfín de
desgracias en el supuesto de hacerle caso a Rubio y perpetrar sus
ambiciones, que dejarían al país con los panoramas desoladores que
estamos cansados de ver en Siria, Afganistán, Sudán, Yemen, Libia, Irak.
Las guerras contemporáneas son un divertido videojuego para quienes
intervienen en ellas desde lejos, acomodados en poltronas, frente a
pantallas táctiles de setenta u ochenta pulgadas y aferrados como
energúmenos a joysticks, gamepads y demás periféricos hápticos.
Pero constituyen una tragedia para los pueblos arrastrados a ellas.
Las circunstancias de una guerra no pueden concebirse con base en el
menor daño imaginable sino a partir de las calamidades más
inimaginables.
Que serían, además, por igual para los venezolanos de lado y lado, ya
que las bombas inteligentes no perseguirán sólo a los que portan el
“carnet de la patria” o las lluvias de misiles se contentarán con
salpicar los pies miserables de los aliados de Maduro. Plomo es plomo,
chamo, aunque seas muy “sifrino”.
Máxime, al tener en cuenta que si un ataque estadounidense pretende
convertirse en una invasión a gran escala requerirá de arremetidas
masivas, que les permitan, a los misiles de crucero de los bombarderos,
penetrar los sistemas de defensa aérea rusos que posee Venezuela. Que no
son cualquier cosa.
SOBRE LA MESA O BAJO LA MANGA
Algunos congresistas, como el demócrata Ro Khanna, se han encargado
de recordarle al autoproclamado “presidente encargado” Juan Guaidó que
él no es quien autoriza una intervención militar estadounidense en
Venezuela, sino el Congreso estadounidense.
Algo que parece lógico, pero que no lo es. Si don Juan Guaidó se
trepó a una tarima en medio de una marcha y se autoproclamó presidente
del país no fue por la efervescencia y el calor del momento, sino porque
así había sido resuelto de antemano por los regentes en Washington.
Por lo que si él mismo señor dijo lo que dijo, de que las tropas
estadounidenses pueden entrar a Venezuela cuando se les ocurra, no es
porque él haya tenido la deslumbrante idea de repente, sino porque así
lo dictaminaron en la Casa Blanca y en los departamentos de Estado y
Defensa.
En términos constitucionales el gobierno de Donald Trump tendría que
solicitar antes el aval del Congreso para llevar a cabo cualquier acción
demencial de envergadura.
Siquiera, debería darles algún indicio por Twitter a los desvelados
congresistas, unos sume que sume las dádivas perdidas de Amazon y los
lucros de una nueva guerra, otros ocupados en abultar más las
criminalizaciones caseras de negros y latinos o en frenar los planes
verdes de Alexandria Ocasio-Cortez que en pensar en uno más de los
ochenta desmadres militares (Savell, 2019) que tiene en vigencia su
actual presidente por los cinco continentes.
No creo que el señor Guaidó sea apenas un títere de los Estados
Unidos, pero, en cambio, sí estoy seguro de que sólo mueve la quijada de
palo cuando los ventrílocuos en Washington le proyectan la voz.
Pero ni Pence, ni Bolton ni Abrams son ventrílocuos fabulosos como
Jeff Dunham, Terry Wayne Fator o Jay Johnson; les va mal en la delicada
arte de la ventriloquia y en las entrevistas con Fox News mueven las bocas entreabiertas más de necesario.
Por lo que el señor Guaidó no está autorizando nada, pero sí sigue
adelante con la porfía retórica del Gobierno de los Estados Unidos de
que todas las opciones están sobre la mesa, que en realidad quiere decir
bajo la misma.
Y del mismo modo que el Congreso de los Estados Unidos tendría que
autorizar la eventual invasión a Venezuela, junto a la figura de la
Seguridad Nacional, que todo lo permite, existe la de la seguridad
operacional, que todo lo puede, gracias a la que los militares tienen la
potestad de clasificar (ocultar, retrasar, diluir) la información a
discreción y conveniencia. Un hueco de la inmunidad en el que cabe
cualquier desafuero.
AL MARGEN DEL DIÁLOGO
El reciente proyecto de golpe de Estado en Venezuela de las
autoridades norteamericanas, que, insisten, no descarta la invasión
militar, no se enmarca, insisto, dentro de la Constitución
estadounidense. Dicho y rotundo.
No se relaciona en lo más mínimo con la siempre invocada Seguridad
Nacional y tampoco tiene que ver con asuntos de ayuda humanitaria ni con
el interés por la suerte de los venezolanos, a los que ellos mismos han
vuelto más pobres con sus medidas improcedentes.
No se preocupan por los ciudadanos pobres de ningún sitio del patio
trasero latinoamericano o del potrero que ha sido el mundo para los
sucesivos gobiernos republicanos y demócratas; no lo han hecho antes y
no lo hacen hoy en día.
En el plan de rediseño racial del Gobierno de Trump no figura la idea
de angustiarse por los pobres propios, que suman cuarenta millones de
personas, la mitad en pobreza extrema, mucho menos va a implicar
atormentarse por los depauperados ajenos y mestizos.
Al igual que en los casos de Irak, Afganistán y Libia, todo se basa en fotos montadas y montajes mediáticos.
Los Estados Unidos patearon el acuerdo nuclear con Irán,
oficialmente, el Plan Integral de Acción Conjunta, de idéntica manera a
la que le ordenaron a sus pupilos en República Dominicana que patearan
la mesa de negociaciones unos minutos antes de firmar lo recién
convenido con los delegados gubernamentales de Maduro.
Lo hicieron para venir a dar a los mismos puntos escabrosos en los
que nos tienen parados por estos días, lapso que puede ser de meses u
otros años, con un Oriente Medio más inestable que nunca y una
Latinoamérica igual de convulsa que antes.
En Venezuela, los opositores optaron por elegir las trochas golpistas
por las que ahora transitan, tan polvorientas como las de la frontera
colombo venezolana, a través de las que esperan contrabandear las ayudas
humanitarias de la USAID para revenderlas en Ureña, Táchira y
alrededores.
LLAMADOS DE LA SELVA
Es probable que el Gobierno estadounidense no contara con que la
única puerta que le quedaría entreabierta para derrocar al presidente
Maduro, al final de la alharaca, fuera la de la invasión militar, la que
estaba de primera entre las amenazas y de última entre las opciones
reales.
Y, por demás, que esa opción no fuera la salida con puertas
eléctricas de centro comercial de las películas, sino un riesgoso túnel
oscuro para cruzarlo a rastras.
De varias desembocaduras a la final quedó apenas el socavón de los
misiles. Hubo detalles que los colaboradores de Trump no calcularon, tal
vez porque fueron los personajes apropiados de épocas pasadas, en los
años ochenta, cuando las guerras eran en blanco y negro y el mundo era
menos cuántico, y no lo son tanto de los tiempos que corren.
Resulta que los militares venezolanos no acudieron precipitados al
llamado de la selva de los halcones y no tumbaron de un escopetazo a su
presidente real y legítimo, y tampoco le hicieron caso a las
intimidaciones cantinflescas de Guaidó, el personaje secundario extraído
de The Walking Dead (Los muertos vivientes), quien a golpe de repetir mentiras se está creyendo el héroe del mundo postapocalíptico en que vive.
Es más, una Fuerza Militar Bolivariana que dejó pasar como si nada
las órdenes explícitas del impecable almirante Faller, el Comandante del
Comando Sur, al igual que las conminaciones del General de Ejército
Luis Navarro Jiménez, Comandante General de las Fuerzas Militares de
Colombia, en el sentido de que los militares venezolanos serán los
responsables de las barbaridades que el estadounidense y el colombiano
puedan practicar en el territorio ajeno, so pena de ser acusados de
desacato injerencista.
Probablemente, por la prófuga exfiscal acusada de corrupción Luisa
Ortega Díaz, la fiscal inercial de un régimen virtual, antes que
autoproclamado, autoimpuesto y de impostura. Y que de no ser por el
saqueo de dólares que ha empezado a consumar con el Gobierno de los
Estados Unidos y desde los Estados Unidos hasta el Reino Unido y donde
alcancen, sería de chiste.
Después de esto y de que en calles y barriadas más de la mitad del
pueblo venezolano siguiera siendo chavista y madurista, y prefiriendo
ese mixtifori del socialismo del siglo XXI al empíreo nebuloso y falso
de los opositores excluyentes a los que tumbaron de su cielo hace dos
décadas, y aunque en la realidad virtual de la Casa Blanca y de los
medios hegemónicos de todas partes el 99 % de los venezolanos odiaran al
Maduro que conocen y por el que votó más del 60 % de la población, y
amaran al Guaidó que, con excepción de su familia, su grupúsculo
político extremista y marginal, unos pocos tirapiedras de revueltas y
los profesores gringos que lo adiestraron, nadie había oído hablar
antes, después de todo esto, digo, se cocieron en su propia caligrafía
caliente las notas cuidadosamente descuidadas del señor Bolton.
5000 trops to Colombia, lo que en la escala de lo terrible
sólo tiene por encima la momentánea confusión que se puede tener al leer
de una ojeada los garabatos de John Bolton: 5000 Trumps to Colombia.
Pero la calculada amenaza no llega a tanto, de seguro porque la élite
estadounidense sabe que los colombianos ya tienen muchos más de esos en
las filas del Centro Democrático, el partido para el que trabaja en
Colombia el presidente Duque.
Una cifra que confundió al viejo delfín de la politiquería
colombiana, el canciller Carlos Holmes Trujillo, el cual, entrampado en
la rueda de prensa que él mismo convocó, no dejó claro si no lo sabía
por despistado o si estaba al tanto y entonces él y el Gobierno que
representa son lo que sus compatriotas llaman “un regalado”, es decir,
un entregado.
O si pensaba que serían muchísimos más, puesto que cinco mil son los
marines que él tiene entendido que van y vienen por Cúcuta desde hace
días, vestidos de civil y chapoteando el inglés despacioso y flemático
de los súbditos de Inglaterra, creyendo que así los entienden los
hispanohablantes de esa tierra calurosa.
El primer tiro del alto Gobierno estadounidense se le fue por la
culata y los siguientes se les irán también. Lo han intentado con
caravanas de confites y confetis, y señuelos musicales oprobiosos e
indignos.
Lo problemático no es que los gringos y los criollos de la élite
aparenten saciar la penuria que provocaron con golosinas y en medio de
las cámaras. Lo grave es que hay gente que de verdad tiene hambre y está
enferma y se está quedando sin los alientos de la esperanza, que no se
alojan en unos embelecos personales, sino el futuro del país.
SUENAN LOS TAMBORES DE LA GUERRA
Cuando la democracia solamente es una excusa para despojar; la
justicia, otro soporte de la opresión, y cuando la solidaridad es
amenaza y la ayuda huele a chantaje, no hay algo podrido en Dinamarca.
Es que Dinamarca está podrida de cabo a rabo.
No huele bien el generoso sin la generosidad y huele repugnante el
canto sin su transparencia. Y no exhala flores un multimillonario inglés
al que de buenas a primeras le importa lo que sucede más allá de su
emporio.
Si un magnate renuncia a un despintado dólar es porque le representa
miles en rebajas impositivas. Si dona un millón en Estados Unidos, la
Reserva Federal imprimirá apresurada miles de millones que irán a dar a
sus caudales y que, más temprano que tarde, pagarán de dólar en dólar
los paisanos de a pie.
Si se trata de un país como Colombia, más difícil imaginarlo, porque
ninguno lo hace ni siquiera para disminuir impuestos, sencillamente,
porque el estado hace diligente las reformas tributarias para no
cobrárselos.
¿De veras alguien creyó el cuento de que Mark Zuckerberg y la doctora
Priscilla Chan donarían el 99 % de sus acciones en Facebook, unos
cuarenta y cinco millones de dólares, según sus palabras, “para la
puesta en marcha de un proyecto que impulsa la equidad y el potencial
humano”?
A pocos días del impactante anuncio, aclaró que lo haría de forma
paulatina y a lo largo de su existencia. ¿Y si el señor Zuckerberg logra
embolsarse una longevidad eterna como la de Warren Buffett, otro
filántropo destacado? Grave para la equidad mundial.
Lo cierto es que se trata de un dinero que sale por un lado en
menores cantidades de las que se anuncian y entra por otros acrecentado y
rodeado de oportunidades: adiós a las rendiciones de cuentas
minuciosas, imagen pública remozada, gabelas y prerrogativas
tributarias, expandida influencia política, en fin.
Comerse el cuento de los filántropos caritativos es tan ridículo como
creer que el señor Richard Branson convocó al concierto “Venezuela Aid
Live” en la ciudad fronteriza de Cúcuta, en Colombia, por noble causa y
no por lo que es: oportunismo en el presente con vistosas expectativas
comerciales para el mañana.
“Queremos que sea un evento alegre”, cita el diario peruano El Comercio
que comentó Branson. Y cómo no va a serlo si el magnate lleva un buen
tiempo haciendo cuentas alegres. Por suerte para el pueblo venezolano,
el señor Branson se quedará con los crespos hechos. Virgin tampoco
pasará.
EL CANTO AL ATAQUE
Terminó atacando primero la treintena de cantantes del “Venezuela Aid
Live” que los reniegos de Duque, las ganas de Bolsonaro, las balas de
Abrams y las piedras de Guaidó.
En el Jubileo del año 2000, Juan Pablo II efectuó un mea culpa
por los crímenes cometidos por la iglesia católica a lo largo de los
tiempos, e incorporó las violencias cometidas en las Cruzadas (Clarín,
2000).
El Gobierno de los Estados Unidos y sectores opositores venezolanos
están echando mano de una idéntica maquinaria propagandística, iguales
los trucos y los ardides, a la que uso Urbano II hace casi un milenio
para una causa papal de intolerancia y perniciosa.
Los cantantes que secundaron este espectáculo económico y político
nunca van a pedir perdón por lo que hicieron ni lo va a pedir nunca
nadie en su nombre. Menos aún van a pedirlo quienes los mueven y son la
verdadera maquinaria de la guerra.
Ojalá sea porque en medio de todo, de las zozobras y de la música
puesta de ayudante del resentimiento y los intereses maquiavélicos,
nunca haya un solo muerto, y no porque en nombre de la falacia a nadie
le importen quién sabe cuántas víctimas, como están y siempre estarán
frescos en la memoria los cientos de miles de caídos en Siria y Libia.
Los dólares no se ponen yertos en las cunetas y los muertos no son
simples papeles que se emiten. Es al contrario. Los artistas que han
sido cómplices del club de malosos que organizó el descomunal evento en
un abrir y cerrar de ojos saben lo que hacen y el fuego que atizan.
A lo mejor no son tan malévolos como sí lo son de malogrados cantantes, y a pesar de que Juanes sea un camicia nera criollo, Vives un chupasangre de las viejas glorias del vallenato, Bosé un misógino bandido y Amante bandido,
su tema lanzado en 1980, a los pocos años de comenzar las cuatro
décadas que lleva de carrera artística, la última canción buena que se
le recuerda, puesto que Amiga fue de 1977.
Y aunque el Puma sea el mismo Puma que cantaba más alegre que Branson
junto a doña Victoria Eugenia Henao de Escobar, cuando todavía no era
la viuda del Capo di tutti capi de Medellín y todavía era legal asistir vendado y cantar a oscuras en sus francachelas clandestinas.
O sea el que cantaba emocionado en Viña del Mar Aquí se respira amor
en la plena dictadura sangrienta de Augusto Pinochet, quien veía el
espectáculo desde el sillón presidencial sin presagiar que se le
embrollaría el poder por culpa de otro Puma, el helicóptero a bordo del
que su comandante del Ejército había ejecutado las macabras caravanas de
la muerte, como lo narró con pormenores la periodista Patricia Verdugo
(1989).
Pinochet, el general chileno que, con excepción del infarto del
miocardio que lo mató, lo tuvo y obtuvo todo de facto. Tal cual lo que
les gusta a los promotores del evento de manipulación de Cúcuta.
Si bien Branson es dueño de Virgin Records y maneja cantantes
internacionales de primera línea, no sé qué tanto sabe de música en
últimas. Lo sabrán acaso algunos de los músicos y cantantes que cantaron
por él y para él. No importa. Lo que sí se sabe es que se hizo a la
compañía procediendo como pirata y que jamás ha dejado de acrecentarla
fungiendo de filántropo.
Dice el Maestro de Música al Maestro de Baile en El burgués gentilhombre
refiriéndose al grotesco Monsieur Jourdain: “Entiende mal, pero paga
bien, que es para nosotros lo más importante” (Molière, 1940: 55). Así
es.
Sabemos bien de qué lado está y dónde se halla el dominio comercial
de la música de la región en todas las procedencias, géneros y
reguetoneos: en Miami, donde cantan fuerte los encarnizados exilios
cubano y venezolano.
Sobra añadir algo más. A nadie le importa la suerte nutricional de
los venezolanos que se desmadraban por ver a unos artistas que lo mismo
cantarían al otro lado si Miami, los mercadeos y las casas matrices los
dejaran ir.
Eso explica por qué los artistas confirmaban la asistencia antes de
invitarlos y por qué salieron como almas que llevara Trump más de
treinta hacia Cúcuta, una ciudad de asiduo olvido, parasitaria y paraca
(buena parte del comercio a cargo de traficantes, narcos y
paramilitares), de la que Bogotá se acuerda cada que quiere fijar la
atención nacional en los vecinos y desviarla del propio y desarreglado
país.
Se explica y entiende, pero nada lo excusa. Ni la plata ni la
obediencia, ni el contrato, ni el clasismo, ni la ignorancia. Creo que
jamás cliquee un “me gusta” a ninguno de los treinta y tantos cantantes
del Aid Live en las redes, que los nutren e inflan. No lo hice antes por
desinterés y a partir de ahora no lo haré por afluencia de
convicciones. No tendrán ni un “Like” humanitario.
Fueron claramente malintencionados los fines del evento mediático de
Trump, Branson, Abrams y demás apegados a la causa golpista. Y estuvo
buena jugada del Gobierno del presidente Maduro de responderle a la
música de la guerra con música de paz.
Música a ambos lados del puente. De este lado nadie anunció el
concierto ni dio noticias de él, ningún medio colombiano lo destacó y
los políticos en el ruedo lo obviaron. Pero todos sabían que ahí estaba
como incomodidad y presencia, y tal como la otra cara de la luna.
DETRÁS DEL ESTRUENDO
Los mayores riesgos que afrontan la paz y el futuro de la humanidad
en la actualidad ni siquiera gravitan en torno al complejo industrial
armamentístico, cuyos afanes particulares mueven a discordias y cientos
de conflagraciones, y que rondan como buitres desde hace casi un siglo.
Tampoco está en las historias de desavenencias entre tantos pueblos, o
en los odios étnicos y raciales ancestrales, o en las pasiones sórdidas
de algunos gobiernos remotos y vecinos, o en las avaricias sin límites
de las corporaciones trasnacionales que fabrican las naves espaciales o
los pañales, o en la impresentable esencia misma del capitalismo que nos
liquida a plazos.
El riesgo fundamental está en el mundo maravilloso que las élites
concatenadas de unos cuantos países han edificado sobre las tambaleantes
bases de la especulación. Un engranaje de embustes que se mueve
demasiado rápido y que nadie se atreve a parar porque entiende que nada
lo parará ni a moderarle los ímpetus con el palo atravesado porque sabe
que sería triturado.
Hasta que se acaben, y se acaban porque se acaban, los enredos que
tapan las patrañas que envuelven las falsedades que esconden los
infundios que no dejan ver los engaños que… Hasta que no quede sino,
llana y definitiva, la verdad, y entonces se venga al piso la tramoya.
Es el peligro incuestionable que enfrenta Venezuela hoy en día. Que a
los pistoleros del alto Gobierno de los Estados Unidos se les
terminaron las mentiras. Y no hay nada peor que un cuatrero desocupado y
sin fondos. Make you a great cowboy again (hazte un gran
vaquero otra vez). Y es lo que están haciendo, adentro, adoptando las
medidas racistas y excluyentes que enardecen ánimos y votos, y, afuera,
haciendo lo que dijeron que no harían y viceversa.
Han acrecentado el estruendo y acentuado las amenazas. La
desconfianza va y viene por el mundo, las incertidumbres económicas y
políticas recorren los mercados, la inestabilidad campea a sus anchas.
En la desesperación, los Estados Unidos están atestados de
contradicciones. Si continúan con el fardo de la OTAN a cuestas sigue el
desangre, pero si la sueltan pierden por entero su control y el
bastante disipado de Europa. Les conviene abandonar Siria, pero de
hacerlo quedarían con menor influencia en una zona clave y candente.
Sostienen que allí vencieron a los terroristas que crearon y financian, y
pregonan que ganaron la guerra, sin embargo, ni Rusia ni Turquía, ni
Irán ni la propia Siria, cuyo Gobierno les apetecía tumbar, los
invitaron una sola vez a la mesa de las conversaciones de paz.
No obtienen los consensos que requieren en la ONU para invadir a
Venezuela y, para colmo, ni siquiera en una organización de garaje como
la OEA, con un secretario general de bolsillo como Luis Almagro y los
países del llamado Grupo de Lima de segundones, lograron el
reconocimiento de su guardado (Guaidó) como presidente.
En la empecinada guerra comercial que libran desde hace un año, los
Estados Unidos se han mostrado decididos a golpear a China por todos los
flancos. Del acero al aluminio; de las transferencias tecnológicas y
las artimañas de la propiedad intelectual a lo financiero; de la
detención de Meng Wanzhou, directora de finanzas de Huawei e hija del
fundador de la compañía, al derrocamiento del presidente Nicolás Maduro
en Venezuela.
Mas esa es una guerra que no es tan fácil como la creyeron. Buena
parte de las medidas han tenido un efecto búmeran. Pero no sólo retornan
los aranceles impuestos con distintas complejidades. Lo malo es que los
miedos arrojados aquí y allá, tarde o temprano, también vuelven y
espantan.
Los Estados Unidos tienen diagnosticada con absoluta claridad su
crisis. Con un dedo no se tapan el sol ni una deuda astronómica cuatro
veces por encima del PIB mundial y que tiene vuelta una cáscara de huevo
la solidez del dólar, moneda que ha mantenido su hegemonía sobre la
base exclusiva de la confianza y las armas. La confianza se fue. ¡Make them trust us! (¡haz que confíen en nosotros otra vez!). Quedan las armas. Ya no como móvil, sino como solución. ¡Vaya remedio!
DEL LOCO AL HECHO…
Puede que Trump esté loco por querer hacer algo que ya no se puede conseguir: ¡Make America Great Again!
(¡Haz a los Estados Unidos grandes otra vez!). Unas ideas descabelladas
que para que no lo fueran tendrían que haberse emprendido hace años,
digamos, después de concluida la Segunda Guerra Mundial, cuando
impusieron los acuerdos de Bretton Woods y el dólar, y los Estados
Unidos se percibieron a ellos mismos como los dueños del mundo.
O a comienzos de los años setenta, cuando se creyeron los ladrones más listos del mundo y a través del Nixon Shock
mandaron al traste los acuerdos de Bretton Woods y el patrón oro. O
abriendo la década del noventa, cuando se disolvió la Unión Soviética y
los Estados Unidos no se percataron de que el trampolín neoliberal al
que se subían daba directo al tobogán de bajada de la globalización que
ahora les incomoda.
Todo muestra, en todo caso, cuán poca razón tienen los
estadounidenses que alaban a Trump por querer lo que quiere y que no
tienen mucha más los que lo vituperan por lo mismo. A estas alturas, él
no es más que el loco que pone nerviosos a los demás locos.
Aguardemos que los gringos y los cerriles opositores venezolanos no
empiecen una peligrosa medianoche en un mediodía de estos. Un
cuestionamiento adicional para Plutarco.
Bibliografía:
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- Beard, Mary. (2018). SPQR. Una Historia De La Antigua Roma. Apple Books.
- Boeing. (2019). C-17 Globemaster III. Siempre confiable. Siempre listo. En: https://www.boeing.com/defense/c-17-globemaster-iii/
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- El Comercio. (2019). Richard Branson espera que concierto en Cúcuta salve vidas en Venezuela. 19 de febrero. En: https://elcomercio.pe/mundo/venezuela/venezuela-aid-live-richard-branson-espera-concierto-cucuta-salve-vidas-venezuela-noticia-608943
- Molière. (1940). Tres obras de Molière. El Avaro. El burgués gentilhombre. Las picardías de Scapin. Buenos Aires: Editorial Atlantida, S.A.
- Savell, Stephanie. (2019). Now in 80 Countries, The American War on Terror Couldn’t Be More Global. MPN News. En: https://www.mintpressnews.com/now-in-80-countries-the-american-war-on-terror-couldnt-be-more-global/255325/#
- Twain, Mark. (2007). Antiimperialismo. Patriotas y traidores. Discurso en el banquete del Lotos Club. 27 de febrero de 1901. Apple Books.
- Tyerman, Christopher. (2015). Cómo organizar una Cruzada.
- USAID. (2018). Who we are. 16 de febrero. En: https://www.usaid.gov/who-we-are
- Verdugo, Patricia. (1989). Los zarpazos del puma: La caravana de la muerte. Santiago de Chile: Ed. Catatonia.
Escrito por: Juan Alberto Sánchez Marín
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